Artículos de Arte
La figura de José Martí en la plástica
y la crítica de los años 80 y 90 en Cuba por Jorge Camacho,
Universidad de Carolina del Sur, Columbia, SC. (cont.)
En 1974 José
Antonio Portuondo, a quienes algunos atribuyen las cartas anónimas
escritas contra el poeta Heberto Padilla a finales de los 60, teorizaba sobre
el “diversionismo ideológico” en el tratamiento de la figura
de José Martí. Según el crítico marxista este
podía manifestarse de muchas formas y una de ellas era poner el énfasis
en el erotismo del héroe. Y en 1982 su amigo Jorge Rigol, uno de los
críticos de arte más influyentes de entonces, utiliza este concepto
para la plástica cubana. Hay que aclarar que esto no era un simple
concepto estético, sino que figuraba en la constitución con
penas que iban de la expulsión de centros educacionales hasta años
de cárcel. Por tal motivo la representación del héroe
desviado de la preceptiva oficial podía acarrear grandes penas para
el artista. Por ello la ambigüedad era un factor que permitía
cierta libertad en la representación, y con ello el recurso de la simultaneidad,
típico de los simbolistas decimonónicos y las vanguardias del
XX, abría el suceso a la posibilidad interpretativa del espectador.
De pronto, la historia, y el archivo simbólico de la nación
podía leerse en múltiples niveles, uno de ellos contra hegemónico,
que revelaba la historia como un simulacro, una representación imaginada
y ficticia.
El simple hecho de que Martí en la escultura de Aguilera fuera el único
que estuviera remando abría una serie de interrogantes del tipo “lo
usan” “se sirven de él” que rompe con el equilibrio
de igualdad usualmente atribuido a los héroes revolucionarios. Con
esto se sugería la utilización de su figura en la retórica
del discurso político y su ascenso a categoría religiosa en
la cultura insular. De hecho, la imagen del bote con tres hombres proviene
de la iconografía religiosa cubana. Según la leyenda la virgen
de la Caridad del Cobre se les apareció a los tres pescadores en medio
de una tormenta cerca de la bahía de Nipe, en la parte más oriental
de Cuba. Los tres guerreros con sus aureolas vendrían a sustituir en
el imaginario cultural los tres juanes de esta leyenda en un momento particularmente
tormentoso en la política oficial: la desaparición del bloque
soviético.
Esta sacralización de los iconos patrios era una crítica
al culto a la devoción, primero en la figura del “apóstol”
que domina gran parte del siglo XX en la isla y al cuestionamiento al mismo
proceso sacralizador en la figura de los rebeldes. La ideología revolucionaria
se había convertido en una especie de religión, pautada por
la fe ciega a los estatutos revolucionarios. Sus héroes habían
alcanzado la categoría de intocables y su edificación en el
discurso oficial es proverbial. El propio Aguilera en una escultura del año
anterior En el mar de América (1988)
había reunido las figuras del Ernesto Che Guevara, Simón Bolívar,
Las Casas, Martí y Camilo y las había provisto de un aura sacramental
sugiriendo con esto algo similar pero en un contexto más amplio, el
de Latinoamérica.
La representación
del héroe de Dos Ríos como santo, apóstol, o Cristo fue
uno de los discursos más característicos en la recepción
de la figura martiana desde principios de siglo como ha demostrado Ottmar
Ette. Esta representación, siendo aún criticada durante la revolución,
alcanzó un nuevo aliento a finales de los 80 con la crisis de valores
y de representatividad que dio al traste con los países del antiguo
bloque soviético. Un ejemplo de esta vuelta a los valores espirituales
fue la escultura de Juan Francisco Elso creada en 1986 Por América,
una escultura donde Martí aparece según
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