Bailarina en dos poemas: Apuntes
Por Olga Sánchez Guevara.
En 1876, cuando nacía en Praga (entonces parte del imperio austrohúngaro) el niño que tiempo después alcanzaría la celebridad literaria bajo el nombre de Rainer Maria Rilke, ya el más universal de los cubanos contaba con veintitrés años, y tenía tras sí la amarga experiencia del presidio político y el destierro, como consecuencia de su lucha incesante por la independencia de su país. Con razón hablaría Gabriela Mistral, más de medio siglo después, sobre
la gesta del antillano que se partió como la granada en dos gajos desiguales: la literatura y la hazaña civil. En ambos, José Martí aparece en esa pura rojez de fuerza y de sangre, en fruto cabal y, por tanto, ensangrentado (2).
Por su parte, el poeta de Duino está determinado y proyectado en una sola dirección, según valora Jaime Ferreiro Alemparte, gran conocedor e importante traductor de la obra rilkeana. (3). Rilke se vuelca de manera exclusiva hacia su creación poética, a veces acogido por amistades pudientes que le sirven de mecenas, y otras, apoyado económicamente por su editor, Anton Kippenberg. Para Rilke, escribir es misión a la cual se consagra; de ahí la radical dedicación a su obra, y su existencia aislada, apartada de toda “realización no espiritual” (4).
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Una de las preguntas que me hice cuando leí por primera vez la “Bailarina española” de Rilke fue si el autor, antes de escribir su poema, habría conocido el de Martí. La “Bailarina” de Rilke está fechada en junio de 1906, en París; “El alma trémula y sola”, como es sabido, pertenece a los Versos sencillos, cuya primera edición data de 1891, en New York. Pero, por una parte, la tirada de aquella primera edición fue bastante modesta, lo que reduce a un mínimo la probabilidad de que se divulgara en la Europa no hispanohablante. Por otra parte, en carta desde Toledo a Marie von Thurn und Taxis, fechada en 1912 (o sea, seis años después de haber escrito su “Bailarina española”), Rilke dice: “Estos días leo mucho aunque sin orden: una vida de Cervantes en español (mi primer atrevimiento en este sentido)...” (5). Así pues, queda claro que el poeta austríaco, quien años más tarde llegó a leer la Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz en el original, no leía en español cuando escribió su “Bailarina”. Cierto es que Rilke conocía varios idiomas, pero parece muy poco probable que por esa fecha existiera ya alguna traducción de los Versos sencillos (6).
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