Martí encabezó las cartas a María llamándola: "María mía", "Maricusa mía", "mi niña querida". En ellas, juntó lo ético a lo estético con un paternal anhelo formativo, poniendo la ternura como elemento afectivo dominante. Le enseñó la armonía, el amor, el respeto humano, la devoción por el trabajo que da dignidad y libertad. Por eso le aconsejó fundar una escuela junto con su hermana Carmita. Le sugirió que la actividad con dignidad era el único camino hacia la libertad. Cito: "para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido. Eso es lo que las mujeres esclavas -esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse- llaman en el mundo 'amor". Y entró a definir este sentimiento como "delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto".
Martí le enseñó a María el amor al progreso y a la vida en continua evolución, que no podía apartarse del amor al bien. La cita dice: "Es hermoso...ver y vivir el mundo; verlo nacer, crecer, cambiar, mejorar y aprender en esa majestad continua el gusto por la verdad, y el desdén de la riqueza y la soberbia a que se sacrifica; y lo sacrifica todo la gente inferior e inútil". Y añadió: "La elegancia verdadera está en la altivez y fuerza del alma". Así le enseñó Martí a su hija espiritual un concepto espiritualista de la vida, que repitió en precioso leit-motiv.
Martí le reveló a María que la vida está por
encima del arte, (ese arte que él había renovado como poeta).
Cito: "Leo pocos versos porque casi todos son artificiosos y exagerados...Donde
yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del
mundo, en el orden del mundo". Uno de los leit-motiv de estas cartas
se basó en darle a María instrumentos para sobrevivir ante el
presagio de la muerte de él, repetido como otro leit-motiv: Por eso
le enseñó a hacer traducciones del francés, y le enseñó
la disciplina de cada tarea.
La riqueza espiritual que Martí le transmitió a María,
contrastaba con la involuntaria pobreza material en la dádiva. Cito:
"Yo todo lo que veo quisiera llevárselo, y no puedo nada".
Y si le prometía algo, era sólo de valor espiritual, como un
puñado de partituras musicales. Martí le enseñó
a María a desechar el racismo. Dijo: "He estado enfermo y me atendió
muy bien la cubana Paulina, que es negra de color y muy señora en su
alma..." Martí creó para María aforismos: "Enseñar
es crecer". El no intentó sacar a María de los moldes a
que debía ajustarse una dama de su época. Quería que
ella fuera pudorosa, a la manera de las mujeres mexicanas. (Cito:) "...que
hablan con sus amigos con toda la libertad necesaria, pero a distancia, como
debe estar el gusano de la flor". Martí esperaba que María
fuera esposa y madre; que fuera moral, culta, inteligente, libre. No le dijo
que asistiera a la universidad, ni la instó a convertirse en erudita.
Le reveló su preocupación por el hombre de quien ella se enamorara
un día, con temor de que la deslumbrara una falsa apariencia humana.
Le dijo: "Estás lejos, entusiasmada con los héroes de colorín
del teatro, y olvidada de nosotros, los héroes verdaderos de la vida".
Y aquí como otras veces Martí reveló su autoestima.
El nunca se acercó a María como padre autoritario, sino comprensivo, aunque seguro de sus principios. La exhortó a practicar la caridad; a cuidar y a amar a los suyos, en especial a su madre; a ser estica: "No tengas nunca miedo de sufrir". Le transmitió una actitud vital. Cito: "Y la receta que yo tengo para todo, que es saber más que los demás, vivir humildemente y tener la compasión y la paciencia que los demás no tienen". Le enseñó a compensar la mediocridad del medio con la superioridad interior. Cito: "Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado en este mundo tener la cabeza un poco más alta que los demás".
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
Tel.: 239-455-8407

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