Ismaelillo:
naturaleza, poesía y lenguaje
Por Mirtha J. Fernández
La naturaleza, portando valores para definir, en esas imágenes tan sencillas como soprendentes por el nivel de síntesis y a la vez sugerencia, en que expresa: “Seres hay de montaña, /Seres de valle, /Y seres de pantanos /Y lodazales”, donde nos percatamos de que los contextos mencionados no se comportan sólo como objetos visuales, de fuerte valor sensorial -y esa sensualidad también suele ser un rasgo mencionado como caracterizador de los versos martianos que se anticipan a toda una corriente de la literatura de su época- sino que están impregnados de una connotación ideológica, específicamente ético-valorativa.
En Hijo del alma, es la naturaleza quien le devuelve al hijo, la que se lo recuerda en cada uno de sus elementos: “(...)De la revuelta noche /Las oleadas, /En mi seno desnudo /Déjante al alba; /Y del día la espuma /Turbia y amarga, /De la noche revuelta /Te echa en las aguas”. Algo parecido ocurre cuando en Amor errante, el autor confiesa: “Hijo, en tu busca /Cruzo los mares: /Las olas buenas /A ti me traen”; y actúa la naturaleza como tósigo divino contra los males de la sociedad: “Los aires frescos /Limpian mis carnes /De los gusanos /De las ciudades.”
Además de estas expresiones frecuentes, donde el poeta hace explícita su afinidad con la naturaleza, un análisis del sistema tropológico -ciertamente uno de los rasgos más modernos de Martí, hechos públicos, pudiéramos decir, a partir de este libro- nos muestra la fuerza dominante de la naturaleza en la conformación de las imágenes, en la composición básica del lenguaje en general, y del lenguaje propiamente asociativo, en particular.
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