Ismaelillo:
naturaleza, poesía y lenguaje
Por Mirtha J. Fernández
Sigue la construcción tropológica que, desde el verbo embrida, nos lanza nuevamente al mundo natural, salvaje, de esos potros y hienas, portadores de cualidades aplicables a todo lo que pudiera recibir esa definición dentro del mundo vivencial del poeta: “Mi mano que así embrida /Potros y hienas.” Ante la queja del niño, el rostro del padre “Nieve se trueca”, en la expresión de valor sensorial-afectiva. La sangre, elemento esencial de la vida, se torna centro de la siguiente construcción : “Su sangre, pues, anima /Mis flacas venas: /Con su gozo mi sangre /Se hincha, o se seca”, y esos dos verbos acaso no nos están remitiendo, posible sugerencia, a la corriente crecida o agotada, según la alimente la lluvia, de un río?
Luego, la invitación al hijo hacia el cariño y el mundo paterno, simbolizado en dos elementos: “Venga mi caballero por esta senda /Entrese mi tirano /Por esta cueva”
Sigue una construcción tropológica donde domina el símil,
sobre la base de elementos a través de los cuales se expresa lo que
significa el hijo para él: “Tal es, cuando a mis ojos /Su imagen
llega, /Cual si en lóbrego antro /Pálida estrella, /Con fulgores
de ópalo /Todo vistiera. /A su paso la sombra /Matices muestra, /Como
al sol que las hiere /Las nubes negras.”. Antro, estrella, ópalo,
sombra (que no es más que el efecto natural que produce el sol al incidir
sobre los objetos) sol, nubes; todas referencias no meramente visuales, sino
encaminadas, en conjunto, a recrear un estado, una faceta de la relación
padre-hijo.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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