Ismaelillo: naturaleza, poesía y lenguaje, (cont.)
Cuando el hijo interrumpe, en el relato poético, la ensoñación creadora del padre despierto, su llegada viene con la luz, el sol, elementos por demás reiterados en el poema. Roto el encanto de los sueños el travesuelo revuelve la habitación llena de objetos raros, junto a los cuales, no obstante, vibra el soplo natural, entre esos papeles que vuelan “Cual si de mariposas /Tras gran combate /Volaran alas de oro /Por tierra y aire. Por tierra y no por suelo, ruedan los versos; águilas diminutas son las ideas que escapan del poeta sorprendido por la musa traviesa; el plumaje indio que el travesuelo blande, brilla, dentro de la habitación, “Del sol a los requiebros.” El aire recibe el rubio cabello del muchacho que es Jacob, pero también es mariposa, en un interesante símil que pasa por alto restricciones gramaticales genéricas, (niño masculino, mariposa femenina), porque también la gramática y la sintaxis martiana constituyen elementos de fabulación poética, de rebeldía contra normas establecidas, de experimentación, de sugerencia, tal y como sucederá, unas décadas más adelante, con toda una corriente dentro de la literatura de Vanguardia, y tal como sucederá, de forma muy peculiar y sorprendente, en la obra del también cubano José Lezama Lima.
Es conveniente subrayar que la naturaleza en Ismaelillo
no es lo ideal, justamente porque lo es todo: lo bueno y lo malo, lo sucio
y lo limpio, lo grande y lo pequeño. Por eso la mano del poeta puede
embridar lo mismo potros que hienas; y puede haber seres de montaña,
y seres de pantanos; y elementos como el tábano y el chacal, devenir
símbolos fundamentales en un poema como Tábanos
fieros.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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