Para llegar al Ismaelillo
Por Mirtha J. Fernández
“Hijo: espantado de todo me refugio en ti”.
Comenzamos a leer el Ismaelillo, pequeño y maravilloso poemario que José Martí dedicara a su hijo José Francisco, y perturba al lector la palabra terrible que pocos escritores contemporáneos se atreverían a poner en un libro asociado al mundo de los niños: espantado. El hombre que escribe estas páginas, está ya no solamente en pleno dominio de su palabra poética; está, y esto es lo más importante, en plena posesión de lo que serían las riendas de su destino trágico y a la vez hermoso: luchar hasta el final por la independencia de su patria.
Los estudios más actuales tienden a situar la creación del Ismaelillo, durante los meses de su vida transcurridos en Venezuela, entre enero y julio de 1881. Detrás quedaban: la experiencia del presidio político en Cuba, que fue definitivamente desgarradora; la etapa española, una huella indeleble en toda su obra posterior; los años mexicanos, que le traerían al amigo entrañable Manuel Mercado, a la futura esposa Carmen Zayas Bazán, sus primeras y nada despreciables incursiones en el mundo del periodismo, y el primer encuentro con el fenómeno del caudillismo en los países de la que él llamaría después la “América española”; los momentos de Guatemala, donde comenzó a desarrollarse su vocación de maestro y donde, nuevamente, la confrontación con un gobierno despótico dio al traste con sus intenciones de asentarse en un país latinoamericano; Cuba, la segunda deportación y el nacimiento del hijo; el primer encuentro con los Estados Unidos y con la familia que luego haría suya, los Mantilla.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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