Para llegar al Ismaelillo, (cont.)
Ya en los Estados Unidos había venido rompiendo muros un poeta gigante como Walt Whitman, a quien Martí en su momento, se refirió. En Europa, la hornada de los poetas simbolistas y parnasianos había estado haciendo lo suyo, mientras que en España se estaba gestando la obra de la llamada Generación del 98, donde figuras como Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Valle Inclán, Antonio Machado y otros, refrescarían las corrientes de las letras peninsulares.
En América fueron surgiendo varios nombres que no sobrevivieron largamente el siglo XIX, pero que lanzaron su obra hacia el futuro. De ellos, entre los más universales, Martí y Darío. Se acusó a Darío, cierto, de afrancesado y de otras muchas cosas más que el tiempo y los estudios críticos han ido descartando. Efectivamente, con el libro que circuló ampliamente por los medios literarios y artísticos, nacía una nueva era de las letras no ya latinoamericanas, sino hispanoamericanas; nacía lo que luego se dio en llamar Modernismo o Modernidad. Sin embargo, seis años antes, Martí había publicado su Ismaelillo, que indiscutiblemente, abría ya ese camino, no como precursor sino también como rotundo iniciador. Nadie habló, sin embargo, muchos años después y hasta hace relativamente pocas décadas, de este pequeño poemario como iniciador de la nueva corriente, sino como precursor. ¿Por qué? Una razón tan sencilla como humana descansa en el fondo de ello:
Martí no concibió su libro para el gran público, sino como una pequeña ofrenda que regaló, que distribuyó él mismo entre los amigos a quienes consideró merecedores de una confesión tan íntima como ésta.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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