Martí en Nueva York
Por el Dr. Eduardo Lolo
(Palabras pronunciadas por el Dr. Eduardo Lolo como parte del ciclo de conferencias del Instituto Cultural Hispano-Americano de la University of Miami, en el John J. Koubek Center de la ciudad de Miami, el viernes 21 de enero de 2005.)
Una ciudad es una ciudad es una ciudad. Pero, al igual que las rosas, no todas las ciudades son iguales. Las hay más o menos largas, como el tallo de las rosas; de grandes zonas de belleza, como los pétalos; de peligrosas áreas de heridas potenciales, como las espinas. Y hay ciudades que se destacan, durante ciertos períodos de tiempo, por sobre todas sus congéneres, tanto por su tamaño, su belleza y/o su peligrosidad. Tal es el caso de Nueva York, que vino a desplazar a París como centro del mundo en la segunda mitad del siglo XIX y todavía conserva –a veces para bien, otras para mal– ese sitial, al punto de ser llamada por muchos la Capital del Mundo.
Por otra parte, un hombre es un hombre es un hombre. Pero, a semejanza de las rosas y las ciudades, no todos los hombres son iguales. Desde el punto de vista histórico los hay más o menos grandes, de importantes zonas de armonía o de peligrosas áreas de heridas potenciales. Y hay hombres que se destacan, durante su ciclo vital, por sobre todos sus connacionales, tanto por su estatura ética, su armonía y/o su peligrosidad. Tal es el caso de José Martí, cuyo nombre vino a representar en las últimas décadas del siglo XIX el de toda una nacionalidad en ciernes. Y, a partir de su muerte y hasta el presente, la esperanza y meta de todo cubano digno de ser tal.
Nada más lógico entonces que la convergencia en tiempo y espacio de una ciudad como Nueva York y un hombre como José Martí sea merecedora de la atención de historiadores y críticos literarios por igual. Ninguna otra ciudad de entonces podía ofrecerle al genio martiano las condiciones que éste encontró en Nueva York; ningún otro pensador hispano de la época habría podido analizar, retratar y juzgar Nueva York como lo hizo Martí: la imagen era digna de la mirada, y viceversa. Del encuentro resultante quedaron, por un lado, las huellas sin tiempo de muchos sueños en la nieve y, por el otro, lienzos de vida y muerte en palabras también sin tiempo en crónicas, cartas, discursos, ensayos y poesías. Hombre y ciudad compartirían, de alguna forma hermanados, la posteridad.
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