Martí en Nueva York Por el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)

Ese nuevo decir, relacionado con un nuevo oír y un nuevo ver de vida y arte, sería continuado y perfeccionado luego por otros escritores hispanos, a uno y otro lado del Atlántico. Entre ellos se destaca el genial nicaragüense Rubén Darío, a quien, equivocadamente, se le atribuyó la paternidad del nuevo movimiento que terminaría siendo llamado “modernismo”. Pero la fundación martiana queda ya del todo indiscutible.

Basado en todo lo anterior cabría preguntarse: ¿De haber permanecido Martí en La Habana, o en Madrid, o en Caracas, habría sido el principal propulsor del primer movimiento literario en español de factura inicial netamente hispanoamericana? Aunque una respuesta penetraría del todo en el mundo de las conjeturas, me atrevería a asegurar que sí; la genialidad individual poco conoce de fronteras. Es más, Martí no era el único que en ese tiempo se dedicaba a fomentar, mediante la fundición de elementos culturales diversos, un nuevo camino para las letras en español: su amigo, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, y el colombiano José Asunción Silva, entre otros, se afanaban en la búsqueda, al mismo tiempo que él, de nuevos derroteros literarios. Lo que pongo en duda es que su ‘alquimia’ hubiese tenido la misma intensidad, difusión y penetración de la que tuvo por haber vivido su madurez intelectual en Nueva York.

En efecto, el haber residido entre 1880 y 1895 en Nueva York le permitió a Martí un grado de exposición a la cultura norteamericana que habría sido un sueño imposible en las ciudades arriba señaladas como ejemplos alternos. Es más, fue Martí precisamente quien, gracias a esa exposición y sus condiciones individuales, daría a conocer esa cultura a sus hermanos del sur y, en dirección contraria, ampliaría y profundizaría la imagen de la hispanidad en los lectores anglosajones; sin un Martí en Nueva York, el contacto directo de la intelectualidad hispanoamericana con su contraparte del norte, y viceversa, habría tenido que esperar quién sabe hasta cuándo.

Tampoco en las ciudades ‘alternas’ habría encontrado Martí el aliciente de la amalgama neoyorquina que, de lo económico, lo social, lo político y hasta lo religioso, aparecería en la obra del escritor caribeño en lo artístico. Y ni qué decir que sus crónicas no habrían tenido, al menos inicialmente, la generalizada aceptación que tuvieron al mostrar al mundo hispano la visión de Nueva York. El ‘aura’ de la ciudad coadyuvó a la rápida difusión de la obra del al inicio desconocido poeta exilado. En ese sentido, sin un Nueva York en Martí quién sabe hasta cuándo habría tenido que esperar la obra martiana para llegar a todos los rincones de la América hispana.

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