Martí en Nueva York or el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)
Ahora bien, ni hombre ni ciudad son entes estáticos, de condición semejante en todas sus etapas. En sentido general, se acepta como ‘la imagen’ la última definida en el tiempo. En el caso de Martí, la del organizador exitoso de una contienda libertadora; en el de Nueva York, la ciudad de los rascacielos bajo ataque terrorista. Pero cuando ambos comenzaron a compartir tiempo y vida, no era ése el caso.
De paso hacia México, procedente de Europa, el joven desterrado “sin Patria pero sin amo” tendría un primer atisbo de Nueva York en 1875; pero no sería hasta 1880 que llegaría para establecerse. Al año siguiente viaja a Venezuela, mas regresa a los pocos meses. De un anónimo traductor desconocido pasa a ser con el tiempo, gracias a su talento y su esfuerzo mancomunados, un periodista destacado, un maestro admirado y un diplomático respetado; escribe poesías, crónicas, ensayos, narraciones; dirige diversas publicaciones periódicas y colabora en otras; da a conocer sus poemarios Ismaelillo y Versos Sencillos; en su afán independentista predica, lucha, aúna voluntades; en lo personal ama y es amado (y también abandonado); siente alejarse al hijo idolatrado y contempla crecer a quien amó como hija, si es que no lo fuera. Finalmente, deja el gris neoyorquino para morir “con los pobres de la tierra” y “de cara al sol” en 1895.
Nueva York es, hoy en día, una ciudad de contrastes. Pero más aún en tiempos de Martí. En la segunda mitad del siglo XIX, la futura “ciudad de los rascacielos” presenta uno de los crecimientos más grandes en la vida de una ciudad en la historia moderna. Cierto que por esa época se observa en el país en general la decadencia total de la sociedad agraria y la consiguiente ‘urbanización’ de los Estados Unidos; pero el caso de Nueva York rebasa, con creces, a todas sus homólogas contemporáneas, por lo cual a inicios del siguiente siglo llega a convertirse, desde el punto de vista demográfico, en la segunda ciudad del mundo occidental. A la inmigración interna se unió el hecho de que la antigua Nueva Amsterdam se convirtió en el punto de entrada a América, por antonomasia, de los emigrantes europeos.
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