Martí en Nueva York por el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)
La colonia hispana, aunque a la zaga de sus contrapartes europeas no ibéricas,
también creció significativamente. Ilustra su peso demográfico
el número de publicaciones en español editadas en Nueva York
en esas últimas décadas del siglo XIX: un periódico diario
y una docena de revistas de periodicidad varia.
Tal abrupto crecimiento fue pagado por los neoyorquinos con un marcado deterioro
de las condiciones de vida de sus habitantes que incluía no solamente
las circunstancias materiales. Una marcada corrupción política,
una alta tasa de desempleo y criminalidad, el relajamiento de los valores
morales (de acuerdo a los patrones judeo-cristianos) ante la práctica
abierta de la prostitución y otras formas de promiscuidad sexual, los
juegos ilegales, el alcoholismo y el abuso doméstico, sintetizan el
ambiente de la época. A ello súmese una insuficiente infraestructura
sanitaria, la popularidad del anarquismo como ideología ‘alterna’
(o, en el lado contrario, las poderosas sociedades de prevención y
supresión de vicios) y hasta fenómenos climatológicos
extremos, y se tendrá un cuadro del período nada halagador.
No obstante lo anterior, Nueva York seguía siendo el primer atisbo del ‘sueño americano’ para millones de personas en el mundo. El sistema democrático incipiente común a todo el país, la libertad de empresa, prensa, y asociación, la tolerancia religiosa, etc. hacían de la nación en su conjunto y de la ciudad en particular un centro generador de esperanzas pugnando contra las frustraciones del mundo occidental. Ese fue el Nueva York en que vivió Martí entre 1880 y 1895.
Pero refugiarse dentro de las fronteras físicas de una ciudad como Nueva York no implica traspasar sus confines culturales; se puede habitar en un país sin realmente vivir en él. Millones de emigrantes, por razones disímiles, nunca logran (y muchos ni siquiera intentan) ese viaje total. La vida en ghetos culturales no solamente brinda protección y comodidad relativas, sino que termina convirtiéndose en el mejor antídoto contra la nostalgia. En efecto, el emigrante que construye o se suma a ese tipo de comunidad, de alguna forma siente que permanece en su terruño, aunque esté lejos del mismo; consecuentemente no puede vivir a plenitud en el nuevo país por la sencilla razón de que nunca termina abandonando el anterior.
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©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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