Martí en Nueva York Por el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)

Señala el mismo Martí:

La vida en Venecia es una góndola; en París, un carruaje dorado; en Madrid, un ramo de flores; en Nueva York, una locomotora de penacho humeante y entrañas encendidas. Ni paz, ni entreacto, ni reposo, ni sueño. La mente, aturdida, continúa su labor en las horas de la noche dentro del cráneo iluminado... Aquí los hombres no mueren, sino que se derrumban: no son organismos que se desgastan, sino Ícaros que caen.(1)

Y aunque en más de una oportunidad se resintió contra el veloz ritmo de vida que imponía la ciudad, lo cierto es que lo hizo propio. Asombra todo lo que escribió Martí en esos pocos años; más aún cuando se comprueba que no fue el escribir su ocupación ni su preocupación principal durante ese tiempo.

Pero lo que más llamó la atención de Martí no fue la acelerada cadencia vital neoyorquina, ni las obras de ingeniería y monumentos que se inaugurarían en su tiempo y que él reflejaría en sus crónicas, sino la todavía a medio hacer democracia norteamericana que tuvo la oportunidad de estudiar de primera mano. En efecto, a pesar de todas las imperfecciones políticas de los Estados Unidos de fines del siglo XIX, eran tales el horror y la frustración que traía Martí en medio del pecho desterrado, que incluso esa visión de una democracia todavía incompleta lo deslumbra. De ahí que exclamara asombrado:

Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo y esencia de la vida...(2)

Ese deslumbramiento, sin embargo, no le impidió ver las deficiencias de la sociedad norteamericana en general y neoyorquina en particular de su tiempo, y denunciarlas. Recorrió solidario los barrios pobres, se colocó al lado de los obreros en sus justas luchas contra capitalistas abusivos, condenó la indiferencia social y los apetitos expansionistas de algunos políticos de entonces, etc., etc. No hay aspecto negativo que no criticara; al mismo tiempo, no hay matiz positivo que no elogiase, sin que se encuentren en sus palabras ni diatribas venenosas ni loas serviles. Señala al respecto Carlos Ripoll:

No tuvo la ciudad de Nueva York en el siglo XIX cronista más ilustre y honrado que José Martí. Ni quizás toda la nación americana. Y hasta puede afirmarse que ningún extranjero dio nunca, en idioma alguno, una visión tan amplia y acertada como la que ofreció Martí...(3)

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(1) José Martí, “La vida neoyorquina.” Obras Completas. La Habana: Editorial Lex, 1946. Tomo I, p. 1535.

(2) “Impressions of America I” (traducida) Ibid. Tomo II, p. 578.

(3) Carlos Ripoll. Páginas sobre José Martí. Nueva York: Editorial Dos Ríos, 1995. Pág. 91.

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