Martí en Nueva YorkPor el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)
Tras el nuevo decir martiano se encontraban las voces de Walt Whitman, Emerson, Baudelaire, Rimbaud. Tales voces en inglés o francés, unidas a lo mejor del precipitado hispánico, aparecerían primero en la prosa y luego en la poesía martianas envueltas en las corrientes ideológicas del krausismo, el trascendentalismo y la espiritualidad oriental. Desde el punto de vista estilístico, tal nuevo decir quedaría desarrollado a través de la combinación de los principios estéticos del impresionismo, el simbolismo, el expresionismo y lo mejor del romanticismo español. Como consecuencia de semejante fusión, el decir en castellano se universaliza en forma y contenido; hay una reducción y violación de confines culturales. El idioma español, llegado a la América sobre las olas, regresa regenerado bajo las aguas mediante impulsos eléctricos a través de los recién estrenados cables trasatlánticos. Hay un nuevo decir que responde a un nuevo oír sin fronteras.
Tal regeneración americana del manejo del idioma recibido en herencia de Europa, comienza sus primeros pasos en la prosa martiana, especialmente en las crónicas que escribía el desterrado para dar a conocer la cultura y el acontecer norteamericano de su tiempo a los lectores al sur del Río Bravo que esperaban con avidez sus correspondencias editadas en más de 20 publicaciones hispanas de la época, extendiéndose a todo el continente. Caminan los provincianos asombrados por monumentales puentes colgantes, se divierten en Coney Island en máquinas de futuro, aplauden en la inauguración de una descomunal estatua de maravilla que, no por coincidencia, tiene el nombre de Libertad. Todo lo de Nueva York es nuevo para la prolongada siesta histórica de nuestras recién estrenadas y maltrechas repúblicas. Y, para decir lo nuevo, recurre Martí a un nuevo decir.
Ese nuevo decir se aprecia también en la prosa narrativa martiana, no por cuantitativamente menor, menos importante. Historias y personajes, lugares y situaciones, son tan novedosos para la época como la forma de narrar. Incluso en trabajos ‘re-escritos’ sobre otros de condición romántica añade Martí los elementos de su ‘alquimia’ nueva. Como es sabido, era práctica común en el siglo XIX el ‘re-escribir’ temas originales de otro autor –casi siempre en medio de procesos traductivos–, sin menoscabo alguno del decoro profesional de quien re-escribía la pieza, en práctica que ha perdurado hasta nuestros días únicamente en la literatura infantil. Pues hasta en esos trabajos, que podrían considerarse menores, llevó Martí la voz nueva. Comenta al respecto Fryda Schultz de Mantovani:
...Martí no traduce, sino que trasvasa el vino viejo en odres nuevos, relabora la materia que ya andaba en otras lenguas y otros pueblos... no sólo como ampliación sino como fuga sobre el mismo tema...(4)
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(4) Fryda Schultz de Mantovani, “La Edad de Oro de José Martí.” Cuadernos Americanos 67.1 (1953): 217-235.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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