Martí en Nueva YorkPor el Dr. Eduardo Lolo, (cont.)

Pero el trabajo martiano entre una lengua y otra va más allá de la traducción y sus crónicas y ensayos en español sobre temas neoyorquinos en particular y norteamericanos en general. Aunque menos conocido no por ello es menos significativo su esfuerzo en sentido contrario: propiciar a los lectores estadounidenses un atisbo de la cultura hispana, como que detenida a los ojos anglosajones en tiempos de la Conquista. En efecto, una rápida lectura de los periódicos y revistas norteamericanos de la época asombra por la carencia de temas hispanos. Tal parecía que España no estaba en Europa y que América era solamente la parte norte del continente, al punto de que a la postre terminaría por convertirse en su identificación única. Tan así era que cuando en Europa se decía “viajar a América”, no significaba otra cosa que viajar a los EE.UU., como si el inmenso resto del continente y sus raíces culturales ibéricas fueran algo aparte y lejano; un continente segregado, a medio camino cultural entre “América” y quién sabe qué ni dónde.

La falta de intelectuales anglosajones capaces de estudiar y dar a conocer a sus lectores qué era la cultura hispana pudiera aceptarse como una razón válida. El español no era considerado en esa época una lengua importante. El mismo idioma inglés tampoco lo era entonces, de alguna forma relegado a lengua regional por la internacionalización del francés. Remedaban entonces las culturas hispana y anglosajona del Nuevo Mundo esas tribus vecinas de África o la América precolombina incapaces de comunicarse entre sí pese a compartir selvas y desiertos, peligros y sueños semejantes. Y no hay duda que del desconocimiento sólo se puede llegar a la desconfianza, la subestimación y, como peligroso producto final, a la discriminación. No debe extrañar a nadie que los norteamericanos decimonónicos vieran a los hispanos, en sentido general, como conquistadores de armadura o indios con levitas, y los hispanos a los norteamericanos como bárbaros sin cultura ni refinamiento.

Martí no tardó en percatarse de semejantes malentendidos. Y a “desfacer” ese entuerto se dedicó, con pasión y honestidad, al tiempo que concentraba sus energías mayores a la tarea, de todos conocida, que le reservaría el sitial histórico que aún detenta.

Lo ayudaría en el intento su conocimiento del idioma inglés. Aun antes de llegar a los EE.UU. Martí venía preparándose para dominar la lengua del país donde viviría, fundamentalmente, su vida adulta. Escribe a un amigo, desde Madrid, en 1879: “Estudio inglés, con fervor tenaz”. Conjeturo se trataba de estudios autodidácticos, con todas las deficiencias (a pesar de todos sus alcances) que el autodidactismo conlleva. Pero llama la atención, en la concisa información, la forma en que califica el joven desterrado la acción: “con fervor tenaz”. Si hay dos elementos que pudieran utilizarse para calificar todas las acciones martianas son precisamente esos: fervor y tenacidad. No en balde sus alcances en todos casi todos los órdenes de la vida que apurara.

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