Re-escritura y creación en José Martí, (cont.)

A esa razón histórica hay que adicionar una estilística de carácter determinante: la vigencia –al menos dentro de la Literatura Infantil– de los moldes estéticos e ideológicos del modernismo hispano que el poeta cubano utilizó en su versión. Entre ellos, cabe destacar el rechazo de la desgastada retórica romántica, la combinación sincrética de elementos impresionistas y simbolistas, la ‘plasticidad móvil’ del texto determinada por la ékfrasis característica de los movimientos europeos no-hispanos señalados y la correspondiente al “illustrated journalism” norteamericano, el rechazo del realismo conviviendo con el mantenimiento de la credibilidad en la historia contada, la sutiliza del elemento didáctico, etc. Y todo ello logrado mediante la utilización de un lenguaje que, aunque determinado por los moldes modernistas hispanos, al estar dirigido a lectores infantiles se abstuvo de los ‘excesos preciosistas’ del movimiento.
Y claro que no debe olvidarse a los niños. Porque es el caso que las más importantes autoridades en lo que a Literatura Infantil se refiere, recién han aprendido a leer; o simplemente ‘emiten’ sus juicios inapelables desde la almohada en que escuchan, con un “chupete” en la boca y un pie en el mundo de los sueños, las lecturas que aún no son capaces de hacer por sí mismos. Y esos jueces (al menos dentro del amplio mundo hispano) ya seleccionaron su cuento de la codicia castigada como el escrito hace más de 100 años por un poeta hispano en New York: José Martí, quien al adaptar el conocido cuento europeo para los niños hispanos de su tiempo, lo hizo sin saber que daba a la luz (a manera de síntesis cultural) uno de los cuentos infantiles decimonónicos que más alcance tendría en nuestro siglo.

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