Poética de José Martí, (cont.)
robusta como el árbol que se levanta desde los senos de la tierra, ruda a las veces como el tronco que en sí mismo se enrosca… Aquélla fatiga; ésta cautiva...(5)
Otra idea que va a aparecer tempranamente como normadora es lo que voy a llamar su “antiacademicismo”. Lo expresa claramente en 1876 cuando escribe:
Es ley ya que termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se parezcan a los de otros; se hacen porque se enciende en el poeta una llama de fulgor espléndido, y enardecido con su calor, allá brota en rimas en tanto que de su alma brota amor.(6)
Otros dos módulos han de regir la poética martiana. Uno es la necesidad de que la literatura cumpla el fin ético de exaltar lo mejor del hombre, de elevar su espíritu. Para Martí esto fue un principio de obligado acatamiento. Y es que en este hombre la separación entre literatura y vida jamás existió. Bien lo han reconocido los que lo han estudiado desde sus biógrafos o comentadores cubanos como Jorge Mañach, Félix Lizaso, Juan Marinello, Cintio Vitier o Carlos Ripoll hasta los de otros lares como Gabriela Mistral, Unamuno, Frida Schultz de Mantovani, Andrés Iduarte o, más recientemente, Iván Schulman o el crítico José Olivio Jiménez. Esta idea de servicio a través de la obra la expresó muy desde el principio. Así, en México, al desaprobar el suicidio del poeta Acuña, escribe: “Se es responsable de las fuerzas que se nos confían: el talento es un mártir y un apóstol” (7), y en otro lugar afirmará: “Narciso no se ha de ser en las letras sino misionero”.(8)
El otro módulo a que aludimos es el de la cultura. Creía Martí que sin cultura, sin información, sin estudio, no se puede opinar, menos escribir. Pero esa cultura no debe paralizar ni incitar a la imitación sino al pensamiento propio, ajustado a la época y bien expresado. Por eso dirá:
Dejan los hombres culminantes huellas sumamente peligrosas, por esa especie de solicitud misteriosa que tienen a la imitación. Polvo de huesos y sedimento de humus habrán sido ya muchas veces los restos de Anacreonte y de Virgilio, y aun hay en la expresión rimada del pensamiento poético tintes de los dos… El estudio es un mérito; pero la imitación es un error. (9)
Y en el elogio que años más tarde escribiría sobre Longfellow dirá:
Había vivido entre literaturas, y siendo quien era, lo que es mérito grande, le sirvieron sus estudios como de crisol que es de lo que han de servir, y no de grillos como sirven a otros.(10)
Lo hasta aquí dicho demuestra cómo Martí desde muy pronto fue forjando su poética. Pero no hace falta gran perspicacia para constatar como todo está todavía en agraz y expresado en prosa aun no cuajada. Necesitaba el escritor más experiencia. También acendrar su formación Los posteriores años de su vida lo harían posible. Y tras una corta estancia en Guatemala y su regreso –casi forzado– a la patria adolorida, sufre un segundo destierro en España. Será el definitivo. El hombre maduro que es ya Martí –con deberes ineludibles que cumplir– decide sumarse a la “emigración” que hoy llamamos exilio. Y el lugar elegido para radicarse fue Nueva York. Llega a la gran metrópoli en los comienzos de enero de 1880. Ya en dicha ciudad asume su destino de patriota y de su hacer como escritor. Pronto comienza a colaborar –inicialmente en inglés y alguna
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