Otra de las razones que pensamos pudiera explicar el porqué se conservan tan pocas cartas dirigidas a la madre, la encontraremos en estas palabras de Doña Leonor (se ha respetado la ortografía original):
"yo guardava todas tus cartas, con la esperanza qe algún día tendríamos tranquilidad para repasarlas juntos y reir o llorar con ellas, pero biendo que esto se alarga mucho, que yo puedo morir, y ellas ir a parar a manos extrañas, determiné romperlas pero no tuve valor sin darles otro repasón, y como algunas tenían la tinta apagada, he hecho mucho esfuerzo, pero ya se acabó la obra, y no me pesa pues rara era la que no tenía un ramalazo que no me hubiera gustado que otro las leyera. ¿Acaso no nos sorprende su inocente y subliminal complicidad de madre en los actos conspirativos del hijo ausente, a pesar de su conocida y recurrente posición con respecto a las ideas políticas de Martí? ‘...no me hubiera gustado que otro las leyera’...
En estas líneas aparentemente sencillas subyace la intención de Doña Leonor de evitar que se filtrara cualquier prueba comprometedora, como los nombres de patriotas cubanos y los propios movimientos de su hijo en el exilio. Hay que destacar que por esta época Martí residía ya en Nueva York, donde desplegaba un fervoroso trabajo político, por lo que era observado muy de cerca por agentes a sueldo de la corona.
En este sentido, vale la pena destacar que una de sus grandes amigas neoyorquinas, Blanche Zacharie de Baralt, al ofrecer su testimonio sobre la amistad que les unía, confirma en su libro El Martí que yo conocí que Martí era perseguido por el espionaje español, cambiaba de residencia a menudo, para despistar a los agentes que lo buscaban. Así pues, no debemos descartar la posibilidad de que su casa materna en La Habana fuera también objeto de una rigurosa vigilancia por parte de las autoridades en busca de reveladores detalles sobre los planes conspirativos contra el régimen español. Sostenemos esta hipótesis, basándonos en las declaraciones del propio Martí acerca del contenido de sus cartas a Doña Leonor, cuando, a escasos meses de su desaparición física, le dice:
A otros puedo hablar de otras cosas. Con Ud. se me escapa el alma, aunque Ud. no apruebe con el cariño que yo quisiera, sus oficios; y a esa tierra infeliz donde Ud. vive no le puedo escribir sin imprudencia, o sin mentira. Mi pluma corre de mi verdad: o digo lo que está en mí, o no lo digo. (...) Déjeme emplear sereno en bien de los demás, toda la piedad y orden que hay en mí. Y crea, porque es lo cierto, que en nada pudiera su hijo estar mejor empleado.
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