Para acometer semejante tarea, hay que partir del criterio formulado por García Marrúz de que el epistolario martiano ha quedado dividido en dos períodos de su corta vida: uno antes y otro después de su dedicación, en cuerpo y alma, a la lucha por la independencia de Cuba.
El primer período se extiende, más o menos, desde octubre de 1869 hasta octubre de 1891, año en que Martí renuncia a su desempeño diplomático al frente de los consulados de Argentina y Uruguay, así como a la presidencia de la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Esta etapa, en la cual se sitúan las cartas más sosegadas y en cierta forma ‘libres’ de Martí, comienza en aquella lejana fecha cuando, con sólo nueve años, acompañaba a su padre, Don Mariano, en las tareas de escribiente gracias a su impecable caligrafía. Nunca se había separado tanto tiempo de la madre, a quien dirige su primera carta familiar y campestre. Esta misiva la escribe Martí el 23 de octubre de 1869, como respuesta a la que muchos días antes Doña Leonor enviara a su esposo, Don Mariano. Debido a los frecuentes cambios de domicilio de la familia, es verdaderamente un milagro que Doña Leonor haya guardado celosamente esta carta, lo que pudiera explicarse por su contenido estrictamente familiar, por conferirle ella un profundo valor afectivo y sentimental, pues no corrió la misma suerte de aquellas que, según su opinión, contenían un ‘ramalazo’. Esta ha sido la primera de todo un imponente conjunto de 102 epístolas y 34 ‘recados’, todo un mar de reflexiones, confesiones, narraciones autobiográficas y vívido testimonio, de las cuales sólo 6 dirigidas a Doña Leonor sobreviven al tiempo y a la voluntad humana.
Otras seis, en las que describe sus alegrías por la visita de su madre a Nueva York, fueron escritas a su amigo y más cercano confidente, el mexicano Manuel Mercado. Cronológicamente, la segunda carta que se conserva del Apóstol corresponde a la que enviara a su madre desde presidio, el 10 de noviembre de 1869, conocida cincuenta años después en México. Se dice que había sido llevada allí por Doña Leonor como uno de sus tesoros más preciados, dejándola en manos de Manuel Mercado.
Desde la cárcel, con un estilo sosegado, de amplias frases melódicas y ritmos breves, escribe sobre el firme carácter que va definiendo su personalidad:
Los resultados de la prisión me espantan poco; pero no sufro estar preso mucho tiempo y esto es lo único que pido. Que se ande aprisa, que al que nada hizo nada le han de hacer. A lo menos, de nada me podrán culpar que yo no pueda deshacer.
No sólo nos resulta curioso la forma en que él, sabiendo que no ha cometido ningún delito, pero de la que voluntariamente se ha inculpado, espera se hará verdadera justicia; sino que expone a su madre el camino que tomará para cuando sea liberado: una vida consagrada al servicio de la causa. De la frase Tráigame el domingo alguna de las chiquitas... podría suponerse que Martí recibía visitas de Doña Leonor en la cárcel; sin embargo, sobre éstas no existen indicaciones más detalladas en ninguno de sus escritos posteriores ni en las de sus más dedicados y esclarecidos biógrafos. En las líneas finales de esta carta, Martí extiende sus reflexiones afectivas a otros terrenos existenciales, pues en franco y directo diálogo con la madre manifiesta sus criterios personales acerca de las actitudes de ciertas mujeres. Infrecuente y desacostumbrado tema de conversación entre una madre y un hijo de dieciséis años en esa época, que nos permite hoy advertir el profundo clima de comprensión y confianza que reinaba entre ambos.
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