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Apuntes sobre el diálogo poético...(cont.)

El segundo período de la obra epistolar de Martí, que comienza en 1891 y concluye en 1895, corresponde a un período ofrendado principalmente a la tareas políticas que le llevará la vida, entrega febril que le dicta ya la carta larga y previsora en que trata de acallar recelos, armar realidades, encender a los tibios y frenar a los impetuosos. De esas epístolas, sólo se conservan tres dirigidas a Doña Leonor. La primera de ellas es tan corta como si hubiera sido escrita en un relámpago, pero portadora de un mensaje muy cariñoso y reconfortante, pues le hace ver que la extraña sobremanera: Nunca he pensado tanto en Ud.; nunca he deseado tanto tenerla aquí. Estas sentidas palabras a su madre, una constante en su mensajes. En la primavera de 1894, Doña Leonor recibe una estremecedora y desahogada carta de Martí, quien se encontraba inmerso en los preparativos para la insurrección en Cuba. Era una epístola extensa, portadora de las más profundas confesiones, compuestas por una “mano maestra”, por un “maravilloso escritor de cartas, que las prodigaba a todos los hombres notables”, como lo llamó Dulce María Loynaz, quien decía que Martí en sí mismo era un mensaje vivo, no sólo por su palabra, sino también por su persona física, por su fino nervioso cuerpo. En esta misiva Martí nos descubre, nuevamente, su sentido filosófico de la vida y del destino de cada ser; reflexiona acerca de sus orígenes, de su personalidad, y como si quisiera recordar a Doña Leonor cuál es su verdadera cuna, le inquiere: ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía o de quién pude heredarlas sino de mi padre y mi madre? Aquí la primera cualidad corresponde al padre: es exacta, fiel al retrato psicológico de Don Mariano, por haber mantenido siempre un carácter estricto pero honesto; recto, pero digno. Evidentemente, la condición de rebelde la heredó Martí de la madre, quien cuando pequeña mostró una ingenua inobediencia a las normas de la época para aprender a leer y escribir. Gracias a esa condición de rebeldía previsora, Doña Leonor pudo no sólo tener noticias de su hijo, sino también estimular en él las ansias de comunicarse con ella y verter, con vehemente esmero artístico, toda su intimidad en su epistolario, que ha sido valorado por sus más justos y claros estudiosos como el centro nervioso de toda su producción literaria.

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