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Al encuentro de José Martí

José Francisco Vales Bermúdez

Razones familiares, entre otras, motivaron a mi familia a abandonar Estados Unidos en 1963. Al llegar al aeropuerto de La Habana, no dejó de sorprenderme ver en letras bien grandes el nombre de José Martí, aunque no era ésta la primera vez que me encontraba en ese aeropuerto. Una vez de regreso a La Habana, me encontré con un Martí para mí desconocido: el anti-imperialista, el crítico acérrimo de Estados Unidos, el autor intelectual de la nueva Revolución. Confieso que esa nueva faceta del que hasta entonces había sido para mí solamente un inigualable poeta y autor literario, comenzó a fascinarme. Sin embargo, aún no conocía de cerca sus obras. Por esa época estudiaba alemán y esos estudios, así como mis responsabilidades de líder estudiantil, acaparaban casi todo mi tiempo. En el Instituto donde estudiaba se organizaban seminarios de estudios martianos y confieso que nunca tuve el tiempo para participar. Luego vinieron los años de labor profesional y responsabilidades administrativas. Pero la semilla martiana estaba ya sembrada en mi alma.

Mi verdadero encuentro con Martí se produjo algunos años más tarde, cuando comencé a impartir clases de traducción en 1973. Entonces ocupaba el cargo de director de un instituto de formación de traductores e intérpretes en La Habana y, como no poseía una verdadera formación pedagógica, comencé a leer muchos libros de autores cubanos y extranjeros sobre enseñanza de idiomas y teoría de la traducción. Martí ya era para mí, indudablemente, el maestro de todos los cubanos. Sus ideas sobre el magisterio y la educación me eran ya muy familiares y entrañables, después de haber trabajado varios años en el Ministerio de Educación. Entonces descubrí a Martí, el traductor esmerado. A partir de ese encuentro, comencé todas mis lecciones y conferencias sobre traducción citando las palabras de Martí en su introducción a la traducción de Mis hijos de Víctor Hugo(3), publicada en México en 1875. Confieso que después de conocer la obra de Martí como traductor, comprendí mejor mi papel en esas funciones. Fue como un rayo de inspiración y a él agradezco haber tenido algún éxito en este campo.

Acontecimientos políticos en ambas vertientes de la diáspora cubana despertaron aún más mi curiosidad por este hombre a quien todos, independientemente de su signo político o ideología, citaban para presentar sus puntos de vista sobre nuestra Patria y el mundo. Por razones profesionales, en 1978 participé de los diálogos que por aquella fecha iniciaron representantes del exilio cubano y el Gobierno en la Isla. Había muchas posiciones de nuestros compatriotas a ambos lados del Estrecho de la Florida que, aunque supuestamente fundadas en la obra de Martí, me parecían estar muy distantes de sus verdaderas enseñanzas. Provoqué un nuevo encuentro, ahora de carácter existencial, con Martí. Quería saber verdaderamente quiénes éramos los cubanos, por qué luchó este gran hombre y cuáles eran sus verdaderos anhelos con la independencia de Cuba. Decidí, pues, “refugiarme” en él. A partir de esa fecha comencé a leer críticamente las Obras Completas y descubrí que Martí era mucho más que el poeta, el editor y el patriota que conocí en mi infancia o que el antiimperialista que me habían presentado a mi regreso a Cuba o el traductor que me enseñó a amar mi profesión. Este nuevo encuentro con Martí me reveló al hombre de profundas convicciones ético-morales desde edad muy temprana, al profeta del destino de nuestra querida Patria. Martí es, me perdonan el exceso de devoción, el evangelio cubano de valor universal. La humanidad es su Patria y Cuba su casa. A partir de este nuevo encuentro, las obras de Martí han tenido en mí el mismo efecto que las sagradas escrituras. Al igual que los preceptos que en ellas se propugnan, las lecciones y enseñanzas de Martí, que pueden ser una guía ejemplar para la vida, resultan difíciles de cumplir porque exigen integridad, honestidad y entereza. Desde entonces han sido una especie de reto que ha marcado mi vida.

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(3)Esta traducción de Martí se publicó en una edición especial de la Revista Universal el 17 de marzo de 1875 en México. Véase en: Obras Completas de José Martí: Tomo 24, págs. 15-18, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

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