Amigos de José Martí

CÓMO NACIÓ NUESTRA AMISTAD por Fermín Valdés Domíguez

La publicación de los folletos de Martí, a los que antes me he referido, y de mi libro “Los Voluntarios en el acontecimiento de los estudiantes de Medicina”, extendieron nuestras relaciones entre notables políticos españoles.

En el Ateneo de Madrid, en la Academia de las Artes, en la Biblioteca Nacional, en teatros y en salones distinguidos, éramos tratados por españoles ilustres, con deferencia y afecto, doliéndose los más de las infamias que en Cuba deshonraban la bandera española.

En pocos periódicos escribimos. Sólo recuerdo “El Jurado” del digno Don Francisco Díaz Quintero y un semanario fundado por el canario Don Andrés Avelino de Orihuela, excelentísimo e ilustrísimo señor, que fue, y deportado cubano por infidente –que era- por la voluntad de los nobles matadores de adolescentes.

Trabajo me costaba sacar a Martí de nuestro cuarto de estudio; pero yo ejercía sobre él, el dominio del cariño y él siempre –por complacerme- cedía a mis deseos o caprichos.

Las noches las dedicábamos –en Madrid y en días de tregua en el estudio- a los teatros o a la logia masónica; aquella logia Armonía que presidía el General Pierrad o el músico notable Max Marchal, en la que Martí era el orador, lugar aquel en donde –semanalmente- nos dábamos cita todos los cubanos jóvenes que estábamos en Madrid, y a donde también iban muchos notables literatos y periodistas españoles.

Era la logia, templo de amor y de caridad. Ella auxilió –más de una vez- a los cubanos presidiarios de Ceuta, y así como atendía a las necesidades de los pobres de cualquier país, seguía al cubano al hospital o a su casa. Aquella logia fundó un Colegio para niños pobres, del que era director y único maestro, nuestro compañero de deportación –por infidencia- el español Don Amelio de Luis y Vela de los Reyes. Visitaban muchos hermanos de noche, aquella escuela. Martí y yo, lo hacíamos con frecuencia; dirigíamos algunas frases a los niños, y les dejábamos dulces o libros.

Otras noches, las dedicábamos a los ilustres talentos españoles, Díaz Quintero, Eduardo Benot, Félix Bona, Montero Teninger, Salmerón, o a nuestros Calixto Bernal, Betancourt, Ramos… o nos íbamos al café de los Artistas; y, hablábamos con afecto al eminente Don José Echegaray, en el saloncillo de El Español, y eran nuestros amigos, Calvo y Teodora Lamadrid, y Burón y la Boldún –nos complacía charlar en la Cervecería Inglesa- con Marcos Zapata, el aragonés genial y talentoso. De esa vida entre hombres inteligentes, no pudimos nunca olvidarnos.

Y para reir nos íbamos a aplaudir a Luján en Variedades. Y luego –sin detenernos mucho en Capellanes…-a comer cabrito o conejo en la Taberna de Botino.

De tiempo en tiempo nos dejábamos ver en las butacas del teatro Real –pues allí estábamos abonados a las deliciosas gradas del paraíso.

Ibamos a algunos salones. A los del Marqués de San Gregorio, el distinguido médico, a los de la Sra. Marquesa de Vega Armijo, a los de los Sres. de Villaurrutia, y a los

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