Amigos de José Martí
CÓMO NACIÓ NUESTRA AMISTAD por Fermín Valdés Domíguez
modestos, pero amorosos, de la distinguida cubana, de la Sra. de alma de ángel, Barbarita Echevarría, viuda del General Ravenet. Comprendió esta señora, todo lo que sufría mi hermano y trataba de borrar de su frente aquellas tristes sombreas que parecían oscurecer las grandezas de su genio. Siempre hablaba Martí de estas reuniones con afecto, con entusiasmo.
Ninguna de aquellas fiestas, en las que tantas atenciones recibimos, señala en nuestro recuerdo una sola pena; y puede que en el baile o la tertulia íntima y al calor de la chimenea en las largas noches de invierno –dejáramos algún pedazo de nuestro corazón.
Mucho gozó Martí cuando terminé el libro sobre los tristes sucesos del 27 de Noviembre de 1871 que me llevaron a presidio. Al leer la relación de mis dolores, recordó él los suyos tristísimos, al esperar en su pobre cama de enfermo el telegrama que le dijera si era yo uno de los vílmente asesinados…
Y escribió unos versos para mi libro. Al insertarlos al final de él, escribí yo: “Libro que empieza el martirio, debe cerrarlo la poesía”.
Pero también fue él quien en el primer aniversario del fusilamiento, escribió la hoja que –suscrita por un compañero mío de presidio y por mí fijamos- los tres: Martí, aquél y yo, en los lugares más públicos de Madrid, sin que nadie se opusiera a ello, ni se nos dijera nada. Los hombres leían callados, muchas mujeres lloraban…
La casa de huéspedes en donde vivimos en Madrid, la casa de Doña Antonia como se la llamaba, -Desengaño diez quintuplicado, segundo derecha, esquina a Barco- era uno de los puntos de cita de los cubanos; pero no quiero olvidar al trazar este ligero bosquejo de la vida de Martí en España, el cuarto de estudio de nuestro querido compañero Francisco Solano Ramos.
Era una casa cubana enclavada en Madrid; hasta los muebles me recordaban los de Cuba. La madre, santa señora, no era sólo madre de los hijos que allí la rodeaban amorosos, era la madre de todos los cubanos que como nosotros, tanto sentíamos la nostalgia de la patria.
Era el cuartito de estudio de Solano, un pequeño templo consagrado a la patria, en donde se hablaba bajo, se leían y comentaban los periódicos filibusteros de Nueva York, y se aplaudían los artículos de Martí y los versos sabrosos e intencionados de Manuel Delfín, se escuchaba con seriedad a José Manuel Pascual, y trás un chiste de Braulio Sáenz, dejaba una frase caballeresca el tipo hermoso de la edad media, el correctísimo Francisco de Albear, nuestro inolvidable amigo Paco.
Nadie faltaba el día de la llegada del correo de Cuba. Allí nos agrupamos casi todos los cubanos: Manuel Díaz Quibus con sus patillas de notario pacífico, y nunca falto de buen cocido; Andrés Valdespino, tan metódico que sólo dedicaba a sus castos amores, un día de la semana; Tallabita –Francisco Javier del Castillo- el camagüeyano simpático; Obdulio Barrena, el matador sin cuadrilla posible; Pepe Pardiñas, el médico por instinto y
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