Amigos de José Martí
CÓMO NACIÓ NUESTRA AMISTAD por Fermín Valdés Domíguez
Y si dejábamos la Universidad y nos íbamos a nuestro palco en el teatro Principal –nuestro célebre palco número trece, al que nadie se abonaba-, allí nos recibían con saludos afectuosos muchas amigas y amigos. Ingrato sería si no dijera aquí que –a pesar de que se nos llamaba: los insurrectos- en Zaragoza jamás nos creímos deportados, ni en tierra extraña.
En el café, en la redacción de “El Diario de Avisos”, en todas partes, teníamos amigos. Larga sería la lista de ellos, pero no puedo dejar de escribir los apellidos de algunos: Savall y Dronda, Ariño, Penen, Peiro, Daina, Arpal, Villarroya, Ordaz, Zapata, Luzón.
Y nuestra casa de huéspedes en la calle de la Manifestación, del patrón valiente Don Félix Sanz; ¡y las paticas verdes! y nuestro criado el negro cubano Simón, hombre de armas y de frases, que al entrar –muy de mañana- en nuestra alcoba el 3 de Enero de 1873 y preguntarle Martí que había de nuevo, le respondió:
-Niño: hay frío, que se hielan las palabras.
Hasta el día siguiente no volvimos a ver al famoso negro limpiabotas del Arco de Sineja; al que en la primera remesa que mandó a Fernando Poo el General Lersundi, fue deportado por ñáñigo y asesino; al negro fuerte y de cara simpática y varonil que buscaba su reivindicación moral, peleando como bravo por la libertad, en las barricadas aragonesas.
¡Oh, las barricadas! Nada más tristemente hermoso que aquel valor valor del hombre republicano de Aragón contra la ferocidad del general Burgos que con sus cañones Krupp, y por buscar un entorchado más, asesinó hombres, niños y mujeres.
Grandes eran los charcos de sangre que se veían –al pie de las barricadas- al siguiente día de la pelea criminalmente provocada por el Gobierno; sangre acusadora que aún no ha podido enseñar a los déspotas que la libertad y la ventura y la riqueza de los pueblos sólo se consiguen sabiendo ser justos los gobiernos, y enseñando a amarse los hombre.
Días después de aquel día de Matanza, se reunía el pueblo de Zaragoza en el teatro para recaudar algún dinero para las viudas y los huérfanos de los valientes muertos. En esa velada, habló Martí, y dio a nuestro amigo Leopoldo Burón unos versos suyos, que este famoso actor español leyí con maestría y entusiasmo. El insurrecto fue aclamado aquella noche, como orador y como poeta.
En muchos de sus escritos recuerda Martí a Aragón, y en sus “Versos Sencillos” deja su afecto a la tierra de la sinceridad y el patriotismo.
Por la mañana –los días festivos, y aquellos en los que no había clases- visitábamos la Aljafería y los arrabales de la capital de Aragón; por la tarde íbamos al Canal de Pignatelli o a el Pilar o a la Catedral de la Seo; y -de día- pasábamos horas deliciosas en el estudio del famoso pintor Gonzalvo, o –invitados por el Notario Señor López Bermez-, gozábamos de un día de campo en su torre,
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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