Juicios sobre José Martí

José Martí por Enrique Collazo

Era Martí un hombre notable y de condiciones excepcionales y poco comunes, tenía alientos para concluir como loco o como héroe y terminó mejor que como él había soñado: como héroe y soldado, cayendo en medio del combate, en el fragor de la pelea y con el ruido que sirve de salva a los héroes y a los buenos. Su apoteosis la harán los cubanos más tarde, conservando su efigie y su memoria entre sus grandes hombres. Cuando todos desmayaban, Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de cubanos dispersos en la emigración, creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva revolución que debiera llevar a la práctica el general Máximo Gómez.

Era Martí pequeño de cuerpo delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; era vario y grande su talento, veía pronto y alcanzaba mucho su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente y tenaz que había viajado mucho, conocía el mundo y los hombres; siendo excesivamente irascible y absolutista, dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás, apoyo del débil, maestro del ignorante, protector y padre generoso de los que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos y costumbres, llevó su democracia hasta el límite; dominaba su carácter de tal modo que sus sentimientos y sus hechos estaban muchas veces en contraposición; apóstol de la redención de la patria, logró su objeto.

El día 15 de noviembre de 1894 se embarcaba Collazo rumbo a New York para que, viendo a Gómez y a Martí, pintara a ambos la verdadera situación y adelantaran el momento de la revolución, que creían imposible retardar sin ser presos, a la vez que demostrarles la necesidad de remitir dinero a Cuba, donde podrían conseguir el armamento y municiones con mayor seguridad y prontitud, aunque a más costo.

En Santiago de Cuba la espera era difícil, a pesar de la calma y aparente actitud de Moncada, que con astucia e inteligencia sobrellevaba con éxito la situación de Manzanillo. El apresuramiento de algunos a vender sus ganados había llamado la atención. Camagüey decía claramente que era reacio a la revolución; el gobierno realmente fiaba en él, creyéndolo la llave del movimiento; la única entidad revolucionaria allí era el marqués de Santa Lucía. Las Villas aparentemente en calma, pero resuelta; sostenido el espíritu allá por la presencia de Serafín Sánchez, Roloff y Carrillo. En Matanzas algunos alardes belicosos, aunque poca fuerza y entusiasmo reales. Vuelta Abajo en espera, y dispuesto para cooperar al movimiento.

Este era el estado real de la revolución a la salida de Collazo para los Estados Unidos. Este pasó por Key West y Tampa, encontrando a Martí en Filadelfia, donde había ido a esperar al comisionado de Cuba.

El estado de la revolución en el exterior revestía un carácter original y especial: nadie sabía nada, eran muy pocos los que creían en ella; pero la masa obrera daba, sin preguntar, su óbolo con absoluta confianza y con fanatismo ciego por su ídolo Martí.

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