Juicios sobre José Martí

José Martí por Enrique Collazo, (cont.)

Collazo no conocía a Martí; su entrevista en la estación de Filadelfia fue cordial, y un abrazo leal de ambos fue la línea de conducta para lo porvenir.

Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa; dormía en el hotel más cercano del punto donde lo cogía el sueño; comía donde fuera mejor y más barato; ordenaba una comida como nadie; comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani; conocía a los Estados Unidos y a los americanos como ningún cubano; quería agradar a todos y aparecía con todos compasivo y benévolo; tenía la manía de hacer conversaciones, así es que no le faltaban sus desengaños.

Era un hombre de gran corazón que necesitaba un rincón donde querer y donde ser querido. Tratándole se le cobraba cariño, a pesar de ser extraordinariamente absorbente.

Era la única persona que representaba la revolución naciente; los demás eran instrumentos que él movía; Benjamín Guerra era la caja; Gonzalo de Quesada era parte de su cerebro y de su corazón; pero en realidad era su discípulo. Martí lo era todo, y ese fue su error, pues por más que se multiplicaba era imposible que lo hiciera todo él solo. Dormía poco, comía menos y se movía mucho; y sin embargo, el tiempo le era corto. Se puede concretar diciendo que el Partido Revolucionario era Martí.

Collazo, según sus instrucciones, debía seguir a Santo Domingo para ponerse al habla con el general Gómez; pero se esperaba en esos días un mensajero que enviaba el General desde Santo Domingo. A su tiempo llegó éste con poderes amplios del general Gómez. Era el brigadier José María Rodríguez. Con él vino la seguridad de que, a pesar de la llegada de Alejandro Rodríguez, comisionado de Camagüey, el General estaba dispuesto a la revolución, y que José María Rodríguez estaba autorizado para determinar y representarlo en todo.

A la salida de Collazo de Cuba, se convino que por conducto de Juan Gualberto Gómez, con quien estaba en relación directa Martí, se comunicarían José María Aguirre y Julio Sanguily, a quien últimamente se le había indicado el estado de la revolución, y a quien el general Gómez había mandado el nombramiento de Jefe de Occidente, debiendo ponerse al frente del movimiento en Matanzas. A la llegada de Rodríguez y Collazo a New York, nada pudieron averiguar del estado real de la conspiración, pues se concretaron a oír lo que Martí les quiso decir, que fue bien poco o nada. Respecto del dinero, menos aún; pues la caja revolucionaria era un pozo donde caía el dinero, sin que, fuera Benjamín Guerra; nadie haya sabido el montante de lo ingresado ni de lo que se gastaba.

En los meses de diciembre y enero se movió Martí con rapidez inusitada. De noche no dormía, sino viajaba. De Cuba las correspondencias, cada día más exigentes, apremiaban el movimiento y pedíanse recursos; especialmente las cartas de Julio Sanguily, que parecían escritas por un loco cuyas correspondencias no podían armonizarse con las noticias de Aguire y Juan Gualberto Gómez, sensatas y claras.

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