Juicios sobre José Martí

José Martí por Enrique Collazo, (cont.)

Aislados y casi siempre escondidos, Rodríguez y Collazo permanecían en New York, sin saber una palabra de lo que ocurría fuera, pues Martí, aunque cada día se movía más, cada día se mostraba menos comunicativo.

Dispuestos como si fuéramos a salir de un momento a otro, acudíamos, sin resultado, a frecuentes citas que se nos daba, siempre esperando el día de la partida, que no acababa de llegar.

Conociendo como conocíamos el estado real de las cosas en Cuba, no queríamos precipitar una explicación con Martí, que nervioso y sin un día ni una noche de reposo, veíasele constantemente taciturno y preocupado. Parecíanos increíble que los sucesos no se hubieran precipitado en Cuba. Hasta entonces no se nos había sorprendido una sola correspondencia, y ni una sola indiscreción de nuestros hombres había puesto sobre la pista a la numerosa policía que tanto en la isla como en el extranjero sostenía el gobierno español.

No teníamos con quién enterarnos de la marcha de la conspiración. Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada nada sabían en realidad; aunque aparentaban que no querían hablar. El resto de la emigración esperaba y confiaba en Martí. Mayía Rodríguez y Collazo, si de algo pecaron, fue de sufridos y prudentes. Sabían lo que buenamente se quería que supieran; nada preguntaban y dejaban pasar el tiempo sufriendo resignados el aislamiento a que los tenía sometidos Martí, que a veces parecía un loco, víctima de un delirio de persecución, que lo hacía ver espías y detectives por todas partes.

Aún no se sentía escasez de dinero. La revolución tenía cuatro núcleos importantes en el exterior; uno en New York, dirigido personalmente por Martí; otro en Key West con Roloff y Serafín Sánchez; otro en Costa Rica con Maceo y Flor Crombet, y el último en Santo Domingo con el general Gómez. Cada uno de estos cenros se comunicaba directamente con Martí.

A fines del mes de diciembre salieron Rodríguez y Collazo de New York con dirección a Jacksonville, recibiendo orden de permanecer ocultos, hospedándose con nombre supuesto en el hotel Duval hasta la llegada de Martí, que debía ser en la mañana del Domingo próximo. Allí permanecieron seis días, y en el fijado se presentó Martí, quien les dijo que tenía muy malas noticias que comunicarles.

En efecto, a las once de la mañana llegó al hotel Charles Hernández, enviado por Martí para decirles que todo había fracasado, y que tanto él como los que lo rodeaban estaban expuestos a todo género de peligros, que más que nunca se hacía necesaria una gran prudencia y que permanecieran en su habitación hasta la noche en que se verían en el hotel Travellers, en que se hospedaba Martí, donde también se hallaban Hernández, Enrique Loynaz y Tomás Collazo.

Ante la noticia de aquel fracaso de algo que, excepto Martí, todos ignoraban, Mayía Rodríguez y Collazo lamentaron amargamente su anterior prudencia que, de un modo indirecto, los hacía en parte responsables

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