Juicios sobre José Martí

José Martí por Enrique Collazo, (cont.)

de lo ocurrido. Nada habían preguntado hasta entonces, pero comprendían que había llegado el momento de las explicaciones. En su consecuencia se dirigieron, acompañados de Hernández, al hotel Travellers. Allí encontraron a Martí presa de una extraordinaria excitación nerviosa. Revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación. Su escaso pelo estaba erizado, sus ojos hundidos, parecían próximos a llorar.

De sus labios no salían más que estas palabras repetidas con tenaz insistencia: <<¡Yo no tengo la culpa!>> <<¡Yo no tengo la culpa!>>

A la vista de Mayía, que entraba en la habitación con el rostro alterado y duro, Martí corrió hacia él y se echó en sus brazos. Aquel dolor tan profundamente retratado en su fisonomía, desarmó a los que, momentos antes, querían exigirle explicaciones claras y concretas de su conducta. Todos comprendieron que algo muy grave había ocurrido, y que aquel fracaso, de que se había hablado hacía un instante, era desgraciadamente cierto.

Sin pretender averiguar nada, Mayía y Collazo se limitaron a tranquilizar a Martí, asegurándole su más completa adhesión. No había que perder la esperanza. Por rudo que fuera el golpe sufrido, era preciso seguir adelante y sin desmayar ni decaer un momento. Algo más tranquilo Martí con aquellas muestras de simpatía y respeto que de todos los presentes recibía, declaró que aun cuando todo se había perdido, aun cuando no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo.

Horacio Rubens, el buen amigo de los cubanos, y Gonzalo de Quesada, que llegaron en aquellos momentos, contribuyeron con su presencia a reanimar los abatidos espíritus. Quesada, en nombre de su señora madre política ofreció dar todas las finanzas que se necesitasen. Rubens puso a disposición de Martí sus servicios como abogado.

Preocupaba también a Martí lo que el general Máximo Gómez pudiera pensar de lo ocurrido, y demostraba con frases llenas de sentimiento el temor que sentía de que el General se negara a ir a Cuba en circunstancias tan desfavorables.

Tanto Rodríguez como Collazo aseguraron a Martí que Gómez, a quien conocían muy bien, iría a Cuba cualesquiera que fuesen las condiciones en que lo hiciera. Era preciso pensar en buscar pronto remedio al daño sufrido, en vez de abatirse y desconfiar tan pronto del éxito de la empresa.

Todos los presentes hicieron a Martí ardientes promesas de su lealtad y adhesión incondicional.

No había transcurrido una hora desde la llegada de Rubens y Quesada, y el estado de los ánimos había cambiado por completo. Al abatimiento producido por el golpe del fracaso tremendo e inesperado, había sucedido la fe que conforta y la resolución enérgica de seguir luchando hasta conseguir el éxito.

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