Físico de José Martí
Cómo era Martí, (cont.)
Su amor por los niños es sobradamente conocido. Tenía “alma de niño” y de ello son prueba sus bellos trabajos en la revista infantil “La Edad de Oro”, pero lo que más le gustaba era contarles a los niños las maravillas de la naturaleza, llevarlos a estudiar plantas, flores, aves e insectos, enseñárles las bellezas de la tierra, para que las entendieran y amaran mejor.
Trabajador infatigable, escribía diez o más cartas, varios manifiestos revolucionarios, artículos para Patria, correspondencias para diarios sudamericanos, versos, todo en un solo día. Y aún le quedaba tiempo para llevar a sus libros de apuntes alguna nota íntima o curiosa.
Dormía poco y con inquietud. Cuando los pensamientos se agolpaban a su cerebro en los días angustiosos en que preparaba la última guerra de independencia, pocas eran sus horas de descanso. Sentía como “hojas en la tormenta”, sus “cejas rozando la almohada”, y cuando conciliaba por fin el sueño, se agitaba de lado a lado de la cama, hablando en voz alta, como en acceso de fiebre.
Frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal, causada por la cadena de presidiario, herida que llevó con estoicismo desde la adolescencia hasta la muerte en Dos Ríos, cuando llega la hora de impulsar el pequeño bote que ha de llevarlo a la costa cubana se disputa con sus compañeros el derecho de remar. Y rema con fuerza sorprendente para aquellas manos finas, para aquella mano que moviera una de las plumas más brillantes del nuevo continente.
Y cuando pisa suelo cubano, se abre camino entre espinales, pedregales, vadea ríos, escala ásperas laderas con la pesada carga, le quiere quitar al viejo Gómez la suya; llena de admiración a todos por su indomable espíritu, que le hace olvidar su endeble estructura física; deja atónitos a los curtidos soldados mambises, que nunca le creyeron capaz de resistir los duros rigores de la manigua. Comparte con ellos su rancho, sus vicisitudes, sin una queja, alegremente, y cuando le llega la hora, “su hora”, de supremo sacrificio va hacia él conscientemente, sin miedo, con una sonrisa a flor de labios.
Tal era Martí, un hombre ante todo; pero hombre en el más alto
sentido; y humano también en el más elevado grado de lo que
debe ser el mejor concepto de humanidad.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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