
Por todas partes viven los cubanos, trabajando como campesinos,
como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas.
En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes
prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos
con clientela del país, ingenieros de reputación universal,
electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos.
José Martí
The
Manufacturer
The Evening
Post
“Vindicación
de Cuba”
Anexionismo: Cuba y los EEUU
“VINDICACIÓN DE CUBA” por José
Martí, (cont.)
Los cubanos, dice The Manufacturer,
tienen “aversión a todo esfuerzo”, “no se saben valer”,
“son perezosos”. Estos “perezosos” que “no se
saben valer”, llegaron aquí hace veinte años con las manos
vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron
la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura,
unos cuantos ricos, rara vez en la miseria: gustaban del lujo, y trabajaban
para él: no se les veía con frecuencia en las sendas oscuras
de la vida: independientes, y bastándose a sí propios, no temían
la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto, a morir
en sus hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado
por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la
simpatía de raza. Un puñado de trabajadores cubanos levantó
a Cayo Hueso. Los cubanos se han señalado en Panamá por su mérito
como artesanos en los oficios más nobles, como empleados, médicos
y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto
de los ferrocarriles y la navegación de los ríos de Colombia.
Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto
del Perú como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos,
trabajando como campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos,
como maestros, como periodistas. En Filadelfia, The
Manufacturer tiene ocasión diaria de ver a cien cubanos, algunos
de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo en
cómoda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos
prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados
de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros
de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños
de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara es un cubano,
nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de
Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las
Universidades ha sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres
de estos “perezosos”, “que no se saben valer”, de
estos enemigos de “todo esfuerzo”, llegaron aquí recién
venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno: sus
maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la “señora”
se puso a trabajar; la dueña de esclavos se convirtió en esclava;
se sentó detrás de un mostrador; cantó en las iglesias;
ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas
de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su
cuerpo en el trabajo: ¡éste es el pueblo “deficiente en
moral”!
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