Cubanos ilustres
Luisa Pérez y Gertrudis Gómez de Avellaneda por José Martí
Ni fueran infundadas las querellas de una poetisa de Cuba, Luisa Pérez de Zambrana, si tuviera su alma delicada costumbre de reproches y resentimientos. Es Luisa Pérez pura criatura, a toda pena sensible y habituada a toda delicadeza y generosidad. Cubre el pelo negro en ondas sus abiertas sienes; hay en sus ojos grandes una inagotable fuerza de pasión delicada y de ternura; pudor perpetuo vela sus facciones puras y gallardas, y para sí hubiera querido Rafael el óvalo que encierra aquella cara noble, serena y distinguida. Cautiva con hablar, y con mirar inclina al cariño y al respeto. Mujer de un hombre ilustre, Luisa Pérez entiende que el matrimonio con el esposo muerto dura tanto como la vida de la esposa fiel. ¡Cuán bellos versos son los suyos que Domingo Cortés copia, inferiores, sin embargo, a muchos de los que Luisa Pérez hace! Llámanse los del libro de Poetisas, “Dios y la mujer culpable”; pero a fe que no es esta paráfrasis la que debió escoger Cortés para su libro: ¿no ha leído el hablista americano La vuelta al bosque”, de Luisa? Ramón Zambrana había muerto, y la esposa desolada pregunta a las estrellas, a las brisas, a las ramas, al arroyo, al río, qué fue de aquella voz tranquila que le habló siempre de venturas, de aquel espíritu austero que hizo culto de los ajenos sufrimientos, de aquel compañero amoroso, que tuvo para todas sus horas castísimos besos, para sus amarguras, apoyo, y para el bien de los pobres, suspendidas en los labios, consoladoras palabras de ciencia. Y nada le responde el arroyo, que corre como quejumbroso y dolorido; lloran con ella las brisas, conmovidas en las rumorosas pencas de palmas; háblanle de soledad perpetua los murmullos del bosque solitario. Murió el esposo, y el bosque, y los amores, y las palmas, y el corazón de Luisa han muerto. ¿Por qué no copió Cortés estos versos de una pobre alma sola que oprimen el corazón y hacen llorar?
Cortés llena, en cambio, muy buena parte de su libro con las composiciones más conocidas de la poetisa Avellaneda. ¿Son la grandeza y la severidad superiores en la poesía femenil a la exquisita ternura, al sufrimiento real y delicado, sentido con tanta pureza como elegancia en el hablar? Respondiérase con esta cuestión a la de si vale más que la Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana. Hay un hombre altivo, a las veces fiero, en la poesía de la Avellaneda: hay en todos los versos de Luisa un alma clara de mujer. Se hacen versos de la grandeza, pero sólo del sentimiento se hace poesía. La Avellaneda es atrevidamente grande; Luisa Pérez es tiernamente tímida.
Ha de preguntarse, a más, no solamente cuál es entre las dos la mejor poetisa, sino cuál de ellas es la mejor poetisa americana. Y en esto, nos parece que no ha de haber vacilación.
No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. Luisa Pérez es algo como nube de nácar y azul en tarde serena y bonancible. Sus dolores son lágrimas; los de la Avellaneda son fierezas. Más: la Avellaneda no sintió el dolor humano: era más alta y más potente que él; su pesar era una roca; el de Luisa Pérez, una flor. Violeta casta, nelumbio[1] quejumbroso, pasiomaria triste.
¿A quién escogerías por tu poetisa oh apasionada y cariñosa naturaleza americana?
Una hace temer; otra hace llorar.
De la Avellaneda han brotado estos versos, soberbiamente graves:
Voz pavorosa en el funeral lamento,
Desde los mares de mi patria vuela
A las playas de Iberia: tristemente
En son confuso lo dilata el viento:
El dulce canto en mi garganta hiela,
Y sombras de dolor viste a mi mente.
Y cuando alguien quiso pintar a Luisa Pérez ornada de atributos de gloria y de poesía, aquella lira de diecisiete años tuvo estos acordes suaves y modestos:
No me pintes mas blanca ni más bella;
Píntame como soy; trigueña, joven,
Modesta, sin belleza, y si te place,
Puedes vestirme, pero solamente
De muselina blanca, que es el traje
Que a la tranquila sencillez del alma
Y a la escasez de la fortuna mía
Armoniza más bien. Píntame en torno
Un horizonte azul, un lago terso,
Un sol poniente cuyos rayos tibios
Acaricien mi frente sosegada.
Los años se hundirán con rauda prisa,
Y cuando ya esté muerta y olvidada
A la sombra de un árbol silencioso,
Siempre leyendo encontrarás a Luisa.
Lo plácido y lo altivo: alma de hombre y alma de mujer; rosa erguida y nelumbio quejumbroso; ¡delicadísimo nelumbio!
Revista Universal, 28 de agosto de 1875.
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