Cubanos ilustres

Ramón del Valle por José Martí

Admirados vieron un día los obreros de la fábrica de Mora, famosa años ha, a un hombre de más letras que mecánica que, con la cara llena aún de sufrimientos, se sentó valiente a aprender el trabajo humilde y libre; porque con independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es corona: y sin ella, el genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de verse incapaz, se vuelve ponzoña. Aquel letrado, aquel negociante, aquel secretario, vio que el oficio de torcer tabacos mantenía en el destierro honrado al hombre: se subió al codo los puños petimetres, y aprendió a torcer tabacos. Aquel rostro, decidido y sereno; aquel buen consejo y continua cortesía; aquel trabajar desde la primera hasta la última luz: aquel alzar con el alma unida de la asociación el corazón disperso de los cubanos, se llamaron en vida Ramón del Valle. Murió ayer, de cincuenta y cuatro años, a la hora en que rompe el día, a la madrugada.

El español lo metió en el barco horrible, y fue, en la náusea de aquella bodega, a Fernando Poo. Se le veía morir en el camino, no abatirse; si alzaba una mano, era para darla a los demás: su bocado tenía dos pedazos, y uno solo era suyo. Burló su cárcel, pisó esta nieve y demostró su fortaleza con el aborrecimiento de la fea comodidad de la limosna. No se puso de cesante, a gruñir y pedir; ni creyó que el padecer por la patria excluyese al hombre del deber de honrarla por el mundo con el ejercicio constante de su virtud. ¡El apóstol, que lo sea a costa suya! ¡ni puede decir la verdad a los hombres quien les recibe la carne y el vino! De tabaquero comenzó el destierro quien en riqueza y secretaría vivió en la patria. De tabaquero cultivó su lengua, y escribió documentos memorables. De tabaquero levantó a sus hijos. Y ni descubrió él que los hombres se desposeyesen de una sola virtud, o se limpiaran de una sola culpa, por estar en un empleo en vez de otro; ni el obrero cubano, que no ve en su mesa una barrera que lo aparte del mundo, ni un bochorno que lo haga menos que él, cesó de admirarle el alma bravía al culto Ramón Valle. Al caer en la tierra ajena del cementerio de Woodlawn, con los ritos de la hermandad masónica en que vio él como la patria misma, por ser la patria imposible sin el trato libre e indulgente de los que han de vivir en ella como hermanos, no cayó solo, ni entre pechos fríos, sino rodeado de cabezas descubiertas.

Patria, 3 de abril de 1892.

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