Discursos de José Martí
Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en el Masonic Temple, Nueva York, el 10 de octubre de 1887.
del desinterés y de la soberanía del amor. ¡Y pasamos tal vez por agitadores perniciosos, los que, sujetando los impulsos menos dóciles, sólo queremos tener limpio el camino por donde al fin ha de buscar su salvación la patria! Se amenaza con nosotros a Cuba;- se acusa de complicidades con nosotros a un partido cubano que ni aun por sus personas más inquietas solicitó ni aceptó nunca el menor roce con lo que creemos inevitable, aunque el pensarlo sólo agobie, la guerra que parece ser por desdicha el único medio de rescatar a la patria de la persecución y el hambre;-se llega a suponer, con ligereza que devolvemos sin respuesta, que los que aquí meditamos con respeto de hijos el modo de ahorrar a nuestro país conmociones estériles, de subordinar a su mandato nuestros más gloriosos ímpetus, de alimentar en el silencio las virtudes que han de serle útiles, de dar tiempo a que se robustezca su carácter para la lucha que acaso sea precisa, de confundir en concordia todos sus elementos, de no enajenarnos ninguno de los factores imprescindibles, de disponer cuanto en la hora suprema pueda abreviar el sacudimiento, acelerar el triunfo, y fundar la patria libre,-¡no somos más que una turba irreflexiva, tocada de monomonía sangrienta!
Esta no es hora de decir cómo no han sido inútiles para la emigración cubana veinte años de experiencia, de manifestación y roce francos, de choque de ambiciones y noblezas, de prueba y quilate de los caracteres, de lucha entre la pasión desconsiderada y el juicio que desea someterla al desinterés de la virtud. No es hora de decir, cuando se conmemoran hazañas a cuyo lado palidece el simple cumplimiento del deber, cómo en la obscuridad, grata al verdadero patriotismo, se procura con sagrada pureza librar de estorbos, no para todos visibles, el porvenir del país, y en vez de trabajar sin fe y desconcertados en pro de una fórmula postiza, condenada de antemano, por la fuerza de lo real, a corta duración, se atiende, con el oído puesto al suelo, que no ha cesado todavía de hervir, al espíritu vivo de la patria; a la recomposición de sus elementos históricos, más temibles mientras más desatendidos, y más reales, en su descanso natural e inacción aparente, que las sombras que sólo tienen aparato de cuerpo palpable porque se amparan de ellos y les sirven de transitoria vestidura; a la preparación de la guerra posible,-puesto que mientras sea la guerra un peligro, será siempre un deber prepararla,-de manera que en el seno de ella vayan las semillas, ¡de no muy fácil siembra! que después de ella han de dar fruto. Agitar, lo pueden todos: recordar glorias, es fácil y bello: poner el pecho al deber inglorioso, ya es algo más difícil: prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público: y un delito mayor no obrar, por incapacidad o por miedo, en acuerdo con lo que se prevé. No es hora de decir que puesto que la guerra es, por lo menos, probable en Cuba, serán políticos incapaces todos los que no hayan pensado en el modo de evitar los males que pueden venir de ella. ¡Pero todas las horas son buenas para declarar que aquí los corazones no son urnas de devastación, prontas al menor empuje a volcarse sin miramiento sobre el país, sino aras valientemente defendidas, donde se guardan sus últimas esperanzas de manera que las pasiones interesadas no las pongan en manos del enemigo, ni la traición disimulada las defraude!
¿Guerra? Pues si hubiese querido tenerla siempre encendida, ¿cuándo ha faltado una montaña inexpugnable ni un brazo impaciente? Refrenar es lo que nos cuesta trabajo, no empujar: lo que nos cuesta trabajo es convencer a los hombres decididos de que la mayor prueba de valor es contenerlo: pues ¿qué cosa más fácil que la gloria a los que han nacido para ella, ni qué deseo más impetuoso que el de la libertad en los que ya han conocido, en el brío del combate y en la vela de armas, que es digna de sus heraldos naturales, el
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