Discursos de José Martí

Discurso en Conmemoración del 10 de Octubre de 1868, en Masonic Temple, Nueva York.

10 de octubre de 1888, (cont.)

Y al negro le diremos-porque no hay injuria en decir negro como no la hay en decir blanco-que no está en el ánimo de los que mantenemos el espíritu de revolución, permitir que con odios nuevos y desdenes inconvenientes e indignos de nobles corazones, se pierdan los beneficios de aquella convulsión gloriosa y necesaria, porque nada menos que el ejercicio práctico de las grandezas de la guerra fue preciso para reparar y hacer olvidar la injusticia que la produjo. No nos levantaremos, no, de la mesa del banquete porque se va a sentar un negro a ella, sino que, aplicando a la ley de la política la ley del amor, de que da muestra suma y constante la naturaleza, le diremos lo que me decía Tomás Estrada Palma hablándome de su negro Fernando: “¡Era mi hijo!”; lo que en la majestad de su tienda de campaña decía Ignacio Agramonte de su mulato Ramón Agüero: “Este es mi hermano”.

Y a todos les diremos: Acá en estos fríos hay corazones viriles y probados que no se impacientan por el triunfo ajeno, ni se cansan con la espera forzosa, ni se deslumbran con la osadía vulgar del despotismo, ni se aturden con las intrigas, ni se dejan sacar de camino por la pasión irreflexiva, ni confunden el sentido con el sentimiento, ni sacrificarán su patria a una idea ciega, ni estarán en el destierro ocioso una sola hora, cuando por la perfección de su propia obra, o la brusca interrupción de la ajena, o los insultos repetidos del opresor, reluzca el día en que, despertando los bosques donde cayeron con un ¡viva Cuba! en los labios, saldrán a recibirlos con los brazos abiertos aquellas sombras que protegen, y que protegerán siempre a la patria, de la descomposición que con la ayuda, ¡que con la complicidad de sus hijos soberbios y torpes! adelanta a mano fría el tirano. ¡Púdrase de un lado la Isla, o púdrase toda: aunque eso no ha de ser jamás, porque la tiranía fomenta las virtudes que la matan; porque el recuerdo de los héroes y la urgencia visible de su reaparición desvanece el influjo de los que no lo saben obedecer en quienes arden ya por imitarlos, porque a nuestras almas desinteresadas y sinceras, a nuestras almas que son urnas, que son espadas, que son altares, no llegará jamás la corrupción!

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“...diremos lo que me decía Tomás Estrada Palma hablándome de su negro Fernando: “¡Era mi hijo!”; lo que en la majestad de su tienda de campaña decía Ignacio Agramonte de su mulato Ramón Agüero: “Este es mi hermano”.”

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