Discursos de José Martí
Discurso pronunciado por José Martí el 26 de noviembre de 1891 en Tampa, (cont.)
¡Ni los bravos de la guerra que me oyen tienen paces con estos análisis
menudos de las cosas públicas, porque al entusiasta le parece crimen
la tardanza misma de la sensatez en poner por obra el entusiasmo; ni nuestra
mujer, que aquí oye atenta, sueña más que en volver a
pisar la tierra propia, donde no ha de vivir su compañero, agrio como
aquí vive y taciturno; ni el niño, hermano o hijo de mártires
y de héroes, nutrido en sus leyendas, piensa en más que en lo
hermoso de morir a caballo, peleando por el país, al pie de una palma!
¡Es el sueño mío, es el sueño de todos; las palmas
son novias que esperan: y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas!
Eso es lo que queríamos decir. A la guerra del arranque, que cayó
en el desorden, ha de suceder, por insistencia de los males públicos,
la guerra de la necesidad, que vendría floja y sin probabilidad de
vencer, si no le diese su pujanza aquel amor inteligente y fuerte del derecho
por donde las almas más ansiosas de él recogen de la sepultura
el pabellón que dejaron caer, cansados del primer esfuerzo, los menos
necesitados de justicia. Su derecho de hombres es lo que buscan los cubanos
en su independencia; y la independencia se ha de buscar con alma entera de
hombre. ¡Que Cuba, desolada, vuelve a nosotros los ojos! ¡Que
los niños ensayan en los troncos de los caminos la fuerza de sus brazos
nuevos! ¡Que las guerras estallan, cuando hay causas para ella, de la
impaciencia de un valiente o de un grano de maíz! ¡Que el alma
cubana se está poniendo en fila, y se ven ya, como al alba, las masas
confusas! ¡Que el enemigo, menos sorprendido hoy, menos interesado,
no tiene en la tierra los caudales que hubo de defender la vez pasada, ni
hemos de entretenernos tanto como entonces en dimes y diretes de localidad,
ni en competencias de mando, ni de envidias de pueblo, ni en esperanzas locas!
¡Que afuera tenemos el amor en el corazón, los ojos en la costa,
la mano en la América, y el arma al cinto! ¿Pues quién
no lee en el aire todo eso con letras de luz? Y con letras de luz se ha de
leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación
del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino
la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo(5)
de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado
de todas las energías,-ni de parte de otros aquel robo al hombre que
consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que
se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los
métodos de ella. Por supuesto que se nos echarán atrás
los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario
contar con lo que no se puede suprimir,-y que se pondrá a refunfuñar
el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor
de la creación, no dan siempre olor de clavellina(6).
¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican
la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que
entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero
es santo, aunque no huela a clavellina. ¡Todo tiene la entraña
fea y sangrienta; es fango en las artesas(7)
el oro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido
de la vida saca almíbar la fruta y colores la flor; nace el hombre
del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento
sublime; y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno
del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos a los ojos humanos
sino manchas! ¡Paso a los que no tienen miedo a la luz: caridad para
los que tiemblan de sus rayos!
(5)Enfermo,raquítico, débil.
(6)Clavel de florecitas sencillas.
(7)Recipiente que sirve para amasar el pan.
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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