Discursos de José Martí
Discurso pronunciado por José Martí el 26 de noviembre de 1891 en Tampa, (cont.)
Ni vería yo esa bandera con cariño, hecho como estoy a saber
que lo más santo se toma como instrumento del interés por los
triunfadores audaces de este mundo, si no creyera que en sus pliegues ha de
venir la libertad entera, cuando el reconocimiento cordial del decoro de cada
cubano, y de los modos equitativos de ajustar los conflictos de sus intereses,
quite razón a aquellos consejeros de métodos confusos que sólo
tienen de terribles lo que tiene de terca la pasión que se niega a
reconocer cuanto hay en sus demandas de equitativo y justiciero. ¡Clávese
la lengua del adulador popular, y cuélguese al viento como banderola
de ignominia, donde sea castigo de los que adelantan sus ambiciones azuzando
en vano la pena de los que padecen, u ocultándoles verdades esenciales
de su problema, o levantándoles la ira:-y al lado de la lengua de los
aduladores, clávese la de los que se niegan a la justicia!
¡La lengua del adulador se clave donde todos la vean,-y la de los que
toman por pretexto las exageraciones a que tiene derecho la ignorancia, y
que no puede acusar quien no ponga todos los medios de hacer cesar la ignorancia,
para negarse a acatar lo que hay de dolor de hombre y de agonía sagrada
en las exageraciones que es más cómodo excomulgar, de toga y
birrete, que estudiar, lloroso el corazón, con el dolor humano hasta
los codos! En el presidio de la vida es necesario poner, para que aprendan
justicia, a los jueces de la vida. El que juzgue de todo, que lo conozca todo.
No juzgue de prisa el de arriba, ni por un lado: no juzgue el de abajo por
un lado ni de prisa. No censure el celoso el bienestar que envidia en secreto.
¡No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento,
del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera,
coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que
tienen los hijos de los otros por el mundo! ¡Valiera más que
no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar
por igual a todas las cabezas!
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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