Discursos de José Martí

Brindis en el banquete celebrado en honor de Adolfo Márquez Sterling en los altos de EL LOUVRE, el 21 de abril de 1879, La Habana.

Para rendir tributo, ninguna voz es débil; para ensalzar a la patria, entre hombres fuertes y leales, son oportunos todos los momentos; para honrar al que nos honra, ningún vino hierve en las copas con más energía que la decisión y el entusiasmo entre los amigos numerosos de Adolfo Márquez Sterling.

A mí, que de memorias vivo; de memorias y esperanzas,-por lo que tienen de enérgicas las unas y de soberbias y prácticas las otras,-a mí, que no consentiré jamás que en el goce altivo de un derecho venga a turbármelo el recuerdo amargo del excesivo acatamiento, de la fidelidad humillante, de la promesa hipócrita, que me hubiesen costado conseguirlo: a mí, átomo encendido, que tiene la voluntad de no apagarse, de un incendio vivísimo que no se extinguirá jamás sino bajo la influencia cierta, palpable, visible, de copioso, de inagotable, de abundantísimo raudal de libertades: a mí han querido encomendarme los numerosos amigos del bravo periodista, que con esta voz mía, que en el obligado silencio cobra fuerzas, para que nada sea bastante luego a ahogarla en mi garganta, dirija al enérgico hombre de combate el amoroso aplauso con que los espectadores de las gradas, que más que las holguras de la vida, quieren tener viva la dignidad, viva la libertad, vivo el decoro, ven como en la abierta liza, por sobre todas las espadas que se cruzan, movilísima, flamígera, brillante, luce y se agita siempre el arma ruda del más franco, del más afortunado, del más brioso y loado caballero.

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