Discursos de José Martí

Discurso leído por José Martí el 28 de febrero de1879 en el Liceo de Guanabacoa para honrar la memoria del poeta cubano Alfredo Torroella.

No quiere hoy la palabra ardorosa, en flores de dolor que arrebata el viento, tributar pasajero homenaje al muerto bien amado de la patria. Aunque, si la patria lo ama, no está muerto.

Quiren sus buenos amigos que mi mano trémula, caliente aún con el fuego que secó en vida su mano generosa, sea la que revele aquel espíritu férvido y preclaro, con que puso más lauros en la frente ceñuda de la patria, cargada ya de lauros enlutados.

No fue sólo en vida Alfredo Torroella,-y a su nombre gime el amor, sin su buen hijo, sin su buen bardo,-aquel niño fogoso de atléticas espaldas, de abundantes cabellos, de ojos fúlgidos; aquel tribuno ardiente de todas las justicias; aquel adolescente de ancho pecho, como para que en él cupieran holgadamente todos los dolores. Que es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que redimen. ¡Los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros a los redentores!

Hijo de un hombre honrado, excelsa concreción de todo elogio, no hubo en su vida acción alguna-y las hay ignoradas admirables-en que no diese honra cumplida al buen anciano. No tuvo nunca para su hijo aquel amante padre esas rudezas de la voz, esos desvíos fingidos, esos atrevimientos de la mano, esos alardes de la fuerza que vician, merman y afean el generoso amor paterno. Puso a su hijo respeto, no con el ceño airado, ni con la innoble fusta levantada-que mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero;- no con la áspera riña, ni la amenaza dura, sino con ese blando consejo, plática amiga, suave regalo, tierno reproche, que deja sin arrepentimiento tardío el ánimo del padre, y llena de amoroso rubor la frente del hijo afligido por la culpa.

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