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Índice Poesías
Dispersas

Fusilamiento de los
estudiantes de medicina, 1871.

Poesías Dispersas-1868-1895
A MIS HERMANOS MUERTOS
¡Cadáveres
amados los que un día
Ensueños
fuisteis de la patria mía,
Arrojad,
arrojad sobre mi frente
Polvo
de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad
mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid
a mis oídos!
¡Cada
uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas
de uno más de los tiranos!
¡Andad
a mi redor; vagad en tanto
Que
mi ser vuestro espíritu recibe,
Y
dadme de las tumbas el espanto,
Que
es poco ya para llorar el llanto
Cuando
en infame esclavitud se vive!
Y tú, Muerte, hermana del martirio,
Amada
misteriosa
Del
genio y del delirio,
Mi
mano estrecha, y siéntate a mi lado;
¡Os
amaba viviendo, mas sin ella
No
os hubiera tal vez idolatrado!
En lecho ajeno y en extraña tierra
La
fiebre y el delirio devoraban
Mi
cuerpo, si vencido, no cansado,
Y
de la patria gloria enamorado.
¡El
brazo de un hermano recibía
Mi
férvida cabeza,
Y
era un eterno, inacabable día,
De
sombras y letargos y tristeza!
De pronto vino, pálido el semblante,
Con
la tremenda palidez sombría
Del
que ha aprendido a odiar en un instante,
Un
amigo leal, antes partido
A
buscar nuevas vuestras decidido.
La
expresión de la faz callada y dura,
Los
negros ojos al mirar inciertos,
Algo
como de horror y de pavura,
La
boca contraída de amargura,
Los
surcos de dolor recién abiertos,
Mi
afán y mi ansiedad precipitaron.
—¿Y
ellos? ¿Y ellos? mis labios preguntaron;
—
¡Muertos! me dijo: ¡muertos!
Y
en llanto amargo prorrumpió mi hermano,
Y
se abrazó llorando con mi amigo,
Y
yo mi cuerpo alcé sobre una mano,
Viví
en infierno bárbaro un instante,
Y
amé, y enloquecí, y os vi, y deshecho
En
iras y en dolor, odié al tirano,
Y
sentí tal poder y fuerza tanta,
Que
el corazón se me salió del pecho,
¡Y
lo exhalé en un ¡ay! por la garganta!
Y vime luego en el ajeno lecho,
Y
en la prestada casa, y en sombría
Tarde
que no es la tarde que yo amaba.
¡Y
quise respirar, y parecía
Que
un aire ensangrentado respiraba!
Vertiendo
sin consuelo
Ese
llanto que llora al patrio suelo,
Lágrimas
que después de ser lloradas
Nos
dejan en el rostro señaladas
Las
huellas de una edad de sombra y duelo,—
Mi
hermano, cuidadoso,
Vino
a darme la calma, generoso.
Una
lágrima suya,
Gruesa,
pesada, ardiente,
Cayó
en mi faz; y así, cual si cayera
Sangre
de vuestros cuerpos mutilados
Sobre
mi herido pecho, y de repente
En
sangre mi razón se oscureciera,
Odié,
rugí, luché; de vuestras vidas
Rescate
halló mi indómita fiereza...
¡Y
entonces recordé que era impotente!
¡Cruzó
la tempestad por mi cabeza
Y
hundí en mis manos mi cobarde frente!
Y luché con mis lágrimas, que hervían
En
mi pecho agitado, y batallaban
Con
estrépito fiero,
Pugnando
todas por salir primero;
Y
así como la tierra estremecida
Se
siente en sus entrañas removida,
Y
revienta la cumbre calcinada
Del
volcán a la horrenda sacudida,
Así
el volcán de mi dolor, rugiendo,
Se
abrió a la par en abrasados ríos.
Que
en rápido correr se abalanzaron
Y
que las iras de los ojos míos
Por
mis mejillas pálidas y secas
En
tumulto y tropel precipitaron.
Lloré, lloré de espanto y amargura:
Cuando
el amor o el entusiasmo llora,
Se
siente a Dios, y se idolatra, y se ora.
¡Cuando
se llora como yo, se jura!
¡Y yo juré! ¡Fue tal mi juramento,
Que
si el fervor patriótico muriera,
Si
Dios puede morir, nuevo surgiera
Al
soplo arrebatado de su aliento!
¡Tal
fue, que si el honor y la venganza
Y
la indomable furia
Perdieran
su poder y su pujanza;
Y
el odio se extinguiese, y de la injuria
Los
recuerdos ardientes se extraviaran,
De
mi fiera promesa surgirían,
Y
con nuevo poder se levantaran,
E
indómita pujanza cobrarían!
Sobre un montón
de cuerpos desgarrados
Una
legión de hienas desatada,
Y
rápida y hambrienta,
Y
de seres humanos avarienta,
La
sangre bebe y a los muertos mata.
Hundiendo
en el cadáver
Sus
garras cortadoras,
Sepulta
en las entrañas destrozadas
La
asquerosa cabeza; dentro del pecho
Los
dientes hinca agudos. y con ciego
Horrible
movimiento se menea
Y
despidiendo de los ojos fuego,
Radiante
de pavor, levanta luego
La
cabeza y el cuello en sangre tintos:
Al
uno y otro lado,
Sus
miradas estúpidas pasea,
Y
de placer se encorva, y ruge, y salta,
Y
respirando el aire ensangrentado,
Con
bárbara delicia se recrea.
¡Así
sobre vosotros
—Cadáveres
vivientes,
Esclavos
tristes de malvadas gentes—.
Las
hienas en legión se desataron,
Y
en respirar la sangre enrojecida
Con
bárbara fruición se recrearon!
Y así como la hiena desaparece
Entre
el montón de muertos,
Y
al cabo de un instante reaparece
Ebria
de gozo, en sangre reteñida,
Y
semeja que crece,
Y
muerde, y ruge, y rápida desgarra,
Y
salta, y hunde la profunda garra
En
un cráneo saliente,
Y,
al fin, allí se para triunfadora,
Rey
del infierno en solio omnipotente,
Así
sobre tus restos mutilados,
Así
sobre los cráneos de tus hijos,
¡Hecatombe
inmortal, puso sedienta,
Despiadada
legión garra sangrienta!
¡Así
con contemplarte se recrea!
¡Así
a la patria gloria te arrebata!
¡Así
ruge, así goza, así te mata!
¡Así
se ceba en ti! ¡Maldita sea!
Pero, ¿cómo mi espíritu exaltado,
Y
del horror en alas levantado,
Súbito
siente bienhechor consuelo?
¿Por
qué espléndida luz se ha disipado
La
sombra infausta de tan negro duelo?
Ni
¿qué divina mano me contiene,
Y
sobre la cabeza del infame
Mi
vengadora cólera detiene?...
¡Campa! ¡Bermúdez! ¡Alvarez! Son ellos,
Pálido
el rostro, plácido el semblante;
¡Horadadas
las mismas vestiduras
Por
los feroces dientes de la hiena!
Ellos
los que detienen mi justicia!
¡Ellos
los que perdonan a la fiera!
¡Dejadme
¡oh gloria! que a mi vida arranque
Cuanto
del mundo mísero recibe!
¡Dejad
que vaya al mundo generoso,
Donde
la vida del perdón se vive!
¡Ellos son! ¡Ellos son! Ellos me dicen
Que
mi furor colérico suspenda,
Y
me enseñan sus pechos traspasados,
Y
sus heridas con amor bendicen,
Y
sus cuerpos estrechan abrazados,
¡
Y favor por los déspotas imploran!
¡Y
siento ya sus besos en mi frente,
Y
en mi rostro las lágrimas que lloran!
¡Aquí están,
aquí están! En torno mío
se
mueven y se agitan...
—¡Perdón!
—¡Perdón!
—¿Perdón para el impío?
—¡Perdón! ¡Perdón!
— me gritan,
¡Y
en un mundo de ser se precipitan!
¡Oh gloria, infausta suerte,
Si
eso inmenso es morir, dadme la muerte!
—¡Perdón!
— ¡Así dijeron
Para
los que en la tierra abandonada
Sus
restos esparcieron!
¡Llanto
para vosotros los de Iberia,
Hijos
en la opresión y la venganza!
¡Perdón!
¡Perdón! ¡esclavos de miseria!
¡Mártires
que murieron, bienandanza!
La
virgen sin honor del Occidente,
El
removido suelo que os encubre
Golpea
desolada con la frente,
Y
al no hallar vuestros nombres en la tierra
Que
más honor y más mancilla encierra,
Del
vértigo fatal de la locura
Horrible
presa ya, su vestidura
Rasga,
y emprende la veloz carrera,
Y,
mesando su ruda cabellera,
—¡Oh—
clama — pavorosa sombra oscura!
¡Un
mármol les negué que los cubriera,
Y
un mundo tienen ya por sepultura!
Y
más que un mundo, más! Cuando se muere
En
brazos de la patria agradecida,
La
muerte acaba, la prisión se rompe;
¡Empieza,
al fin, con el morir, la vida!
¡Oh, más que un mundo, más! Cuando la gloria
A
esta estrecha mansión nos arrebata,
El
espíritu crece,
El
cielo se abre, el mundo se dilata
Y
en medio de los mundos se amanece.
¡Déspota,
mira aquí cómo tu ciego
Anhelo
ansioso contra ti conspira:
Mira
tu afán y tu impotencia, y luego
Ese
cadáver que venciste mira,
Que
murió con un himno en la garganta,
Que
entre tus brazos mutilado expira
Y
en brazos de la gloria se levanta!
No
vacile tu mano vengadora;
No
te pare el que gime ni el que llora:
¡Mata,
déspota, mata!
¡Para
el que muere a tu furor impío,
El
cielo se abre, el mundo se dilata!
Madrid, 1872
*Escrito el primer aniversario de Ia muerte por fusilamiento de diez estudiantes cubanos en La Habana, ocurrida el 27 de noviembre de 1871. Se les había acusado falsamente de haber profanado la tumba de un alto ex-funcionario español; diez años después, se comprobó que no había ocurrido tal profanación.
o si prefieres,
©1998 Hilda Luisa Díaz-Perera
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